Miércoles, 22 de noviembre.

Fernando Sánchez es Diputado Nacional de la Coalición Cívica ARI, politólogo y mano derecha de Lilita Carrió. Desde los 21 años, respira los pasillos del Congreso, pero en pocos días se marcha hacia la Casa Rosada donde será parte del equipo del Jefe de Gabinete, Marcos Peña. Recibió a Sendero elegante en su departamento ubicado en el barrio de Palermo. Tuvimos una charla sin prejuicios en la que hablamos sobre su relación con Carrió, su futuro político, el caso Santiago Maldonado, su vínculo con Martín Lousteau y en la que confesó tener un mejor amigo militante de La Cámpora. “El peronismo siempre es héroe o víctima”, afirma.

 

―¿Quién es Lilita Carrió?

―Es una mina tremendamente generosa. Una persona que te enseña mucho. La conocí a los 21 años. Ahora tengo 44. Siempre me pareció muy diferente trabajar con Lilita. Es un gran liderazgo, es un liderazgo de época, no de esta elección o de otra. Es una mina que hizo lo que no se animó a hacer casi nadie excepto algunas personas que son parte de la historia. La historia dirá si Lilita queda. Siempre fue un placer, yo me acuerdo mucho del principio de la carrera de Lilita porque tuvo muchos momentos valiosos. Para mí, todos fueron necesarios.

―¿Algún momento en particular que recuerdes?

―Durante los años noventa o a principios de los dos mil vos ibas a hacer un trámite en el Congreso: “Vengo a buscar algo”, y, como siempre te trataban muy mal. En cambio, al otro día llegabas y decías: “Vengo de la oficina de Elisa Carrió y vengo a buscar tal cosa”, y las cosas tardaban un minuto. Le asignaban a Lilita una consideración especial, sea del oficialismo o de la oposición. En la Cámara la aman, yo siempre le digo que es parte de una de las columnas que hay en el Congreso.

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Foto: Micaela Arslanian / Sendero Elegante

―¿Sentiste vértigo al estar al lado de Lilita tantos años?

―No, no. Siempre uno frena o trata de tomar distancia porque tenés que ser ―al menos por unos minutos― un outsider de tu propio mundo. Creo que eso sí es bueno. Toda mi vida hice política, nunca fui de la corporación política. No defiendo a la política como corporación, sino que la defiendo como actividad. Me crié en el Congreso de la Nación y fui estatal toda mi vida, pero soy un enorme crítico del servicio público estatal.

―¿Cómo es tu relación con el peronismo? ¿Es un buen o mal amigo?

―Yo soy un buen colega, no soy un buen amigo. Soy amigo de mis amigos. Intento todos los días no dejar de decir lo que hay que resaltar por más duro e incómodo que sea. Si lo decís bien no ofendés y hay que tener un trato respetuoso, una habilidad personal para poder manejarte con las personalidades difíciles. Todos son actores y uno no elige a los protagonistas que llegan a una cámara o a una gobernación o ministerio. Es una habilidad de la política poder lograr interrelacionarte con el que tenés en frente más allá de lo que piense. Está claro que me llevo mejor con unos que con otros, pero soy un buen colega… o trato de serlo (risas).

―¿Cómo te afecta la grieta?

―Me cansó mucho, nunca me sentí parte de la grieta. Es un planteo absurdo que logró cansarnos a muchos, un desgaste de energía enorme. Cuando la expresidenta, así como sus máximos representantes, trazaban una raya discursiva y decían: “Ustedes o nosotros”, yo, muchas veces, les decía: “¿Ustedes quiénes? Y si, de pronto, estoy de acuerdo con vos, ¿sigue siendo ustedes o nosotros?”. Y ella insistía con la grieta y la división. Fue una estrategia muy eficaz de permanencia en el poder que le hizo mucho daño al país. A mí no me cuesta porque nunca entré.

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Foto: Micaela Arslanian / Sendero Elegante

―¿Cómo se supera?

―La grieta se supera como lo propone Cambiemos y el Presidente. Es importante la aceptación de que existen diferentes ideas sobre cómo resolver los problemas. El código penal es uno de ellos; al igual que la pobreza, vos podés aceptarla y dejarla como está o admitir que es un problema para sentarnos a resolverlo. Pero no es “Ustedes” los responsables de la pobreza y “Nosotros” los que no tenemos nada que ver. La pobreza es un problema ―está claro―, pero todos nos sentamos a solucionarla. El otro día el Presidente, cuando hizo la convocatoria a los consensos básicos para la Argentina, invitó a todos y fue contundente: “Todos nos sentamos a partir de hoy”, dijo y lo hizo: se sentaron los gobernadores con el Presidente, y la CGT con el Ministerio de Trabajo, y los diferentes bloques parlamentarios para debatir. Y así se hace. No quiere decir que logres unanimidad, pero vas a lograr consensos.

―¿Hay actores políticos dentro del kirchnerismo que les cuesta debatir?

―Creo que algunos tienen una posición muy dogmática relacionada con el contenido del discurso que les resultó favorable para poder permanecer en el poder. Piensan que esa es una posición heroica. Hablo de los que lo creen en serio, porque hay algunos que usaron la épica para afanarse todo, no les importaba lo que decían y repetían para estar y afanar. Hay que tener contenido de ideas, de lo contrario es un problema; el conflicto surge cuando ese contenido puede ser dogmático, pero creo que uno tiene que animarse a sentarse con el otro.

―¿Has tenido diálogo fluido con dirigentes del kirchnerismo?

Sí, claro. La diferencia es que algunos de ellos no tienen la misa dureza en privado que en público. Hay una doble intensidad. Además, estar en el poder los hizo extremadamente intensos y ásperos. El verdadero buen ejercicio es cuando ejercés el poder y aceptás que tu posición sea modificable. Pienso que ese ejercicio es bueno y hay que hacerlo. El otro día, Marcos Peña hablaba de tener humildad y parece una frase hecha, pero lo más difícil ―cuando tenés poder― es ser humilde. Es importante saber que un día no vas a tener razón, que un día alguien te va a ganar y que posiblemente debas hacer cambios.

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Foto: Micaela Arslanian / Sendero Elegante

―¿Cómo vivís tu despedida del Congreso Nacional? ¿Todo listo para ser parte de la Jefatura de Gabinete?

―La despedida del Congreso va a ser difícil porque la Cámara de Diputados es mi casa, yo empecé a trabajar en el Congreso a los 21 años. Cuando entré en la cámara era el más joven y me duró poco, pero como tenía cara de “tarado” (ríe) mucha gente creyó que era el más joven durante mucho tiempo. La renovación generacional de las cámaras del congreso es bastante importante, hay muchos jóvenes y la mezcla generacional es positiva.

―¿Cómo se logra interpretar a un adolescente de 16 y a un adulto mayor de 70?

―Antes, un cambio central de la civilización llevaba 400 años, después 100 años, después 50; hoy tarda cinco años. En consecuencia, tenés que poder hablarle a las generaciones menores y a las generaciones de mis viejos que son de 60, 70, 80 años. Lograr esto es complicado desde el punto de vista comunicacional, por eso, las generaciones intermedias son muy importantes. Estas, en el mundo, están logrando mucho: el Primer Ministro de Canadá, el Presidente de Francia, la Presidencia de Obama. Hay mucha gente que es líder de generaciones intermedias que tienen esa posibilidad de interpretar a un chico de 18 años e interpretar a una persona de 80.

―¿Cómo es tu relación con Marcos Peña?

―Es muy buena. Me llevo muy bien con Marcos, muy bien con Mario Quintana. Desde que empecé la transición trabajo mucho con Mario y Gustavo Lopetegui. Trabajo para su equipo, y, por supuesto, para el del Presidente que es el jefe de todos nosotros. Me llevo muy bien desde antes con muchos ministros porque me tocó trabajar con muchos de ellos. Los conocí a lo largo de nuestras carreras. A Patricia Bullrich la conozco desde hace mucho, a Ricardo Buryaile ―que en pocos días dejará de ser ministro― también, a Guillo Dietrich lo frecuenté en la ciudad y hemos trabajado mucho tiempo juntos. Esto de tener tantos años en el escenario te da la posibilidad de conocer a varios. Por suerte tengo buen trato con casi todos o, al menos, eso creo (risas).

―¿Tenés algún amigo simpatizante del gobierno anterior? ¿Algún admirador de Cristina Kirchner?

―Sí, tengo. Uno de mis mejores amigos es kirchnerista de la Cámpora. Se llama Facundo. Me divierto mucho mucho con él. Nuestra amistad siguió gracias a que no entramos en el odio que proponía la grieta.

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Foto: Micaela Arslanian / Sendero Elegante

―Si tuvieras que elegir a Néstor o a Cristina para tomarte un café, ¿con cuál de los dos te lo tomás?

―Con Cristina.

―¿Por qué?

―Porque lo que más me intriga de Cristina, desde siempre, es por qué no decidió ser la mejor presidenta de los últimos tiempos. Me gustaría preguntárselo. Cuando la conocí, cuando entré al Congreso, venía de ser una líder política que, además, era mujer de un gobernador de una provincia chica. Raros los dos, relativamente distintos en sus formas y sus planteos respecto del resto del PJ. Cristina tenía una forma de moverse por las Cámaras muy estridente. Yo trabajaba con Lilita, que tampoco pasaba inadvertida, había un duelo de estilos.

―¿Cristina tuvo la posibilidad de ser la mejor Presidenta?

―Tuvo todas las posibilidades para serlo. Las económicas y las circunstanciales: salíamos de una crisis extraordinaria. Una crisis profunda te da la posibilidad de hacer cambios positivos y definitivos. Cristina hizo planteos teóricos profundos y necesarios, pero las soluciones en la práctica eran horribles. Además, creo que algunos de los planteos eran muy viejos.

―¿Por ejemplo?

―Los planteos sobre cómo revisar los años setenta y ochenta de la Argentina nos volvieron a enfrentar.

―Algunos políticos asemejan a Macri con el golpe del 55, le asignan un componente muy antiperonista. ¿Vos qué pensás?

―Pienso que es un deseo. El peronismo siempre fue héroe o víctima: o son los salvadores del pueblo trabajador o son víctimas de algún poder que los quiere destruir por lo que hicieron como héroes. Y no. En muchos aspectos no fueron héroes, sino victimarios, como parte de la violencia ejercida en los años setenta.

―¿Observás componentes democráticos en el peronismo?

―Sí, el peronismo también tiene sus aspectos democráticos. Aunque le cuesta la cultura democrática.

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Foto: Micaela Arslanian / Sendero Elegante

―¿Por qué le cuesta?

Porque la cultura democrática es un laburo, ni hablar la republicana. El peronismo no es republicano. Están lejos de eso porque no entienden la alternancia. Perdieron la elección y piensan que fue un golpe de estado. Es simplemente perder una elección. Cuando vas a una competencia hay más posibilidades de perder que de ganar.  Puede ser un golpe al ego, pero no un golpe institucional. El peronismo no sabe transitar el sendero democrático. Ahora tenemos una enorme posibilidad con un cambio de gobierno, con alternancia en el signo político y con lo que podría hacer el PJ.

―¿Qué debería hacer el PJ?

―No sé, es problema del PJ. Pero algo tiene que hacer. Es un partido muy viejo.

―¿Es importante que el PJ esté presente?

―Es cosa de ellos, de los que son peronistas. Si cruzás a Uruguay no existe el peronismo, así que no sé por qué tiene que ser importante. Es importante en la medida en que es un partido que representa a una parte de la sociedad argentina.

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Foto: Micaela Arslanian / Sendero Elegante

―Cambiando de tema, ¿cómo fue tu infancia?

―Muy divertida, tenía dificultades en la vista, no veía bien. Nos divertíamos mucho con mis primos, con mis amigos. Tengo una familia muy grande de ambos lados. Y tenemos muchos primos y con mis dos hermanos mayores nos llevamos muy poca diferencia y nos criamos todos juntos. Vivíamos saliendo, éramos muy vagos.

―¿Cómo hacías para escribir en la escuela si no veías?

―Como no veía nada, nada no escribía nada (risas). Iba con mi cuaderno todo el año y hacía que escribía, pero no lo hacía. Yo casi no escribo. En la facultad, no tomé apuntes de nada.

―¿Desde cuándo querés ser político?

―Desde que empecé a leer. En mi casa, eran bastante conservadores, y luego se volvieron muy liberales. La familia de mi mamá más radical, la familia de mi papá más liberal. Yo soy liberal. No soy un conservador ni neoliberal. Creo en las políticas sociales en serio, en las coberturas universales. Creo en el mercado y también en la regulación del Estado.

―¿Creés en el Estado?

―Sí, creo en el Estado como árbitro. No creo en la discusión de si chico o grande, creo en el Estado eficiente.

―Cuando hablás de Estado eficiente pienso en Martín Lousteau, quien habla mucho de la productividad del Estado. ¿Cómo es tu relación con Martín?

Me llevo muy bien. Creo que los dos compartimos la importancia del Estado eficiente. Martín inclusive es más progresista si uno quiere etiquetar. Además, le preocupa más que a mí. Yo en mi discurso jamás pongo una definición de ese tipo. Creo que los discursos, las votaciones y los proyectos te definen. Pero nunca digo lo que soy. Él en cambio lo dice seguido. En la campaña del 2015, siempre afirmaba su identidad socialdemócrata.

―De todas formas, siempre hay una necesidad de autoetiquetarse, ¿o no?

La necesidad más grande es saber quién sos y tenerlo lo más claro posible. También creo que hay un contenido preideológico que es mucho más importante que el ideológico. Por eso, nuestro partido ―la Coalición Cívica― tiene un principio fundante que es el de los valores éticos preideológicos. El código penal no es de izquierda ni de derecha.

―¿Los derechos humanos son preideológicos?

―Sí, exacto. No son ni de izquierda ni de derecha. Son derechos universales.

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Foto: Micaela Arslanian / Sendero Elegante

―¿Qué reflexiones elaborás del caso Santiago Maldonado?

―Algunos tienen una necesidad de afirmar sus propios prejuicios. Dijeron que nosotros ―el gobierno― fuimos los responsables de ordenar determinada cosa y que luego encubrimos. De allí que lo catalogaran de desaparición forzada. Porque si no hay encubrimiento por parte del Estado no hay desaparición forzada. Puede haber un delito, pero no es desaparición forzada.

―¿Hasta acá hubo delito?

Hasta acá se entiende que no hubo delito. Repito: es la necesidad de que sus propios deseos sucedan. La gran decepción viene cuando no es así. Nosotros hoy somos los responsables de un Estado que debe hacer las cosas como corresponde, y que tiene que garantizar que no haya ni comisión de delito ni excesos en el ejercicio de las funciones.

―¿El caso Santiago Maldonado produjo una crisis política?

―Sí, se generó una crisis política e incomprensible. El Estado tiene que hacer uso legítimo de la fuerza cuando corresponde y creemos en los derechos humanos porque tenemos política para eso. ¿Por qué respondemos lo que no hicimos? Si perdés el eje te volvés impotente a la hora de contestar porque decís: “¿Qué digo?”. Hay que empezar a castigar el uso de la mentira como argumento político. Hay que castigar en el sentido judicial, en la valoración social. La mentira como argumento político debe ser sancionada.

―¿La Comisión Interamericana de Derechos Humanos está perdiendo credibilidad?

―Sí y es un drama. La utilización de los organismos de derechos humanos para sostener mentiras es un problema para los derechos humanos, no para el gobierno. Que la CIDH (Comisión Interamericana de Derechos Humanos) pierda credibilidad es un problema, que la Comisión de Desaparición Forzada y Comité contra la Tortura de la ONU es un problema para los derechos humanos, no para el gobierno.

―¿Qué rol tuvo Amnistía internacional?

―Me dio vergüenza escuchar lo que dijo la representante de Amnistía Internacional en la Argentina. Esto es un problema porque el día que ocurra una violación, necesitaríamos de esos organismos legitimados, no cachibacheados. En lugar de enojarse, hay que ir a decirles: “¡Vieron que no teníamos nada que ver! Ahora quiero hablar yo de la conducta de ustedes”.

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Nota: Ramiro Gamboa / Sendero Elegante
Fotografía: Micaela Arslanian / Sendero Elegante