Tarzán maneja una Harley

¿Te puedo contar una historia? Un día claro en la ciudad, brisa fresca, cielo siempre azul; camino por Palermo, busco el edificio, llego y entro. Me abre la puerta Tomás: sus mechas despeinadas, su camisa hawaiana negra con palmeras blancas, el jean agujereado y los borcegos marrones.

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—¿Quieren tomar algo? ¿Agua, mate, un vasito de birra?

—Mate está perfecto.

Se ríe y me explica que ordenó la casa para recibirme: lavó los platos, lavó la ropa y limpió el baño. Me dirá y me contará que se enamoró por primera vez a los siete años; fue el primer momento de su vida en que estaba todo el tiempo pensando en una chica. Su única novia la tuvo a los diecisiete. Su primera moto fue un ciclomotor de pizzería. Sus mejores amigos lo acompañaron a comprarla, tenía dieciséis años.

—Había ahorrado mil pesos, fuimos y compramos esa motoneta, sin papeles, no sabíamos nada. No la podía tener en mi casa porque mi mamá me iba a matar, un amigo la tuvo un tiempo y después se la dimos a un kiosquero amigo nuestro.

 

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—¿Por qué aprendiste a andar en moto?

—Fui “petisero” de polo y tuve mucho contacto con caballos; estuve viviendo cuatro o cinco meses en Boston y, todo el tiempo, estaba con los caballos: los entrenaba, les daba de comer, me pasaba muchas horas del día con ellos. Me daba mucha pena que los trataran tan mal: parecían esclavos. No era necesario, son seres hermosos, y me empezó a dar impresión, me shockeaba. Un día, cuando estaba trabajando en Harley-Davidson, vino un tipo muy delirante, el pastor de una iglesia de motoqueros. Llegó al taller y predicaba —¡desvariaba!—, y un día dijo: “la harley es el caballo de hierro”.  Ahí me di cuenta de que reemplacé ese petiso de cuando era chico por la moto que no sufre: es de hierro, es de metal; por eso, la moto me gusta tanto. Es un caballito que no tiene sentimientos.

Recomienda leer esta nota con un blues. Elige un cd, de los cientos que tiene en la casa: Blues with a feeling, de Little Walter, quien abandonó su escuela rural en Luisiana a los 12 años. Walter no encajaba, se fue buscando por distintos condados de los Estados Unidos hasta llegar a Chicago en donde logró una forma singular de tocar la armónica que cambió la historia del blues para siempre.

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Al igual que el músico estadounidense, después de la secundaria, Tomás se inventó un camino nuevo, lejos de los infinitos caminos ya trazados. Cansado de hacer lo que no quería, se fue a vivir al campo y le vendió su cuenta de Facebook a un empresario textil.

—Vino un visionario y me dijo que quería comprarme mi cuenta porque vendía ropa para chicas de determinada edad, y era el público que yo tenía en la red social. Tenía 5000 amigos y, así fue, como tuve mi primera plata grande: cinco mil pesos.

 

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Con esa plata se compró un todo terreno y se fue a vivir a lo de Gustavo, su papá biológico. Ahí explotó sus habilidades de mecánica: quería mantener en buen estado a su todo terreno.

Después de estudiar diseño industrial en la UBA y de probar suerte en la UADE —en donde cursó un solo cuatrimestre—, se fue a trabajar con Gabriel del Campo, un coleccionista y acumulador de objetos profesional.

—Gabriel es un iluminado de la vida que colecciona autos, motos y muebles. Él me mandó a trabajar en un taller en La Matanza y así me convertí en su peón: hacía todo lo que él no quería hacer. Aprendí mucho junto a él, así empecé a estudiar mecánica.

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Los políticos no suelen decir abiertamente lo que piensan, y suelen caer en una tentación constante: el cinismo. Samot Ivoneip —como le gusta ser llamado, su nombre al revés— no es político; me mira, se ríe, y me dice que siempre pidió los mismos tres deseos: “un Porsche, una Harley y que dure para siempre”.

Cuando trabajaba en el taller de La Matanza, hizo un cálculo que aplanaba sus deseos: tardaría cuarenta años en poder comprarse una moto Harley si no gastaba un solo peso de todos sus salarios.

Así fue como encaró un viaje osado: partió a Los Ángeles con su amigo de toda la vida, Fede (quien apareció en su departamento en medio de la charla). A veces, hacemos lo que queremos porque decidimos tomar el riesgo de hacer lo que queremos. Eso hizo Tomás y pudo comprarse su Harley-Davidson en los Estados Unidos. El sueño duró exactamente cuatro meses, hasta que se quebró la pierna y tuvo que volver a Buenos Aires.

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Tomás tuvo un papá biológico algo ausente, un tipo nómade que se la pasaba viajando de provincia en provincia. Por eso, adoptó como padre a Gerardo, con quien su mamá se casó cuando Tomás tenía cuatro años. “Un tipo bastante frío y distante, pero sabio”, me explica. Tomás asistió a la escuela ORT durante el secundario y en uno de los libros que leía para su clase de historia judía se cruzó con una frase que no pudo olvidar: “Padre no es el que te da la vida, sino el que te cría”.

Tomás se calla, piensa, intenta una sonrisa y cuenta: “Gerardo me enseñó a ser. Ante situaciones críticas de mi vida, pienso más de la manera que me enseñó el marido de mi mamá”.

El artista de los fierros tiene siete hermanos, papás liberales que siempre lo dejaron probar y le ofrecieron una dosis alta de libertad con quienes está muy agradecido.

—Solo a partir de la experiencia es cómo nos vamos encontrando. Si experimentamos millones de cosas, aunque tal vez no nos gusten, vamos a llegar a lo que nos gusta. Gracias a la libertad que me dieron mis papás, encuentro, descarto y elijo.

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La botánica “lo vuelve loco”. Le fascina la idea de que las plantas crezcan en cualquier parte. En el balcón, el sol irresistible iluminaba el auto de colección marca Jaguar que tiene plantas que le crecen dentro. Se defiende con la guitarra y el piano. Su mamá tiene alma de artista, pinta y siempre lo mandó a hacer cursos: de escultura, de cerámica, de dibujo.

—Le agradezco mucho la cantidad de cosas que pude hacer: el hecho de probar. Me dio muchísima libertad.

Busco, busco, busco. Miro anillos de plata, cadenas de plata, pulseras de plata. Tatuaje de telaraña en la rodilla, flor tatuada en el brazo y un rayo chiquitito en uno de sus dedos. Su primer tatuaje: a los 14 años

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—¿Qué significado tienen para Tomás los tatuajes?

—Los tatuajes son como la decoración de las paredes. Básicamente, esta es la pared del alma; puede estar limpia o ser una medianera vacía o ser un buen lienzo; el hecho de que quede en la piel me parece increíble.

Un birmano en una fonda en Mandalay le dijo a Martín Caparrós que el turista nunca sabe dónde estuvo; el viajero nunca sabe adónde va. Sin una ruta bien definida, Tomás fue varias veces a Asia y, en esos viajes, aprendió a perfeccionar las formas de tatuar —entre otras cosas—. Recorrió la India de punta a punta y fue en el país que más aprendió, aunque el que más admira es Tailandia.

Su departamento está tuneado a su medida: stensils de Frida Kahlo, de Salvador Dalí y otro de John Lennon. El estarcido —o esténcil— más antiguo de la humanidad está en España y tiene 66.000 años, el más antiguo de Sudamérica está en la provincia de Santa Cruz, en la Cueva de las manos y tiene alrededor de 7350 años; también se hicieron estarcidos en la antigua Roma, y, en los años sesenta, en los Estados Unidos en donde se utilizaban muchos las siluetas de contornos marcados. A su vez, artistas callejeros como Bansky usaron esta técnica para intervenir el espacio público y reinventar el street art. Tomás lo usó por primera vez en una campera, hace dos años.

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Me dice, sonriente: “Quería tener una campera de Johnny Cash —el rey de la música country— y no la conseguía. Por esa necesidad, empezó la creatividad. Me acordé de que cuando era chico, en ORT pintaba las paredes con esténciles, y así fue como se me ocurrió poner la cara de Cash en la campera. Después de esta experiencia, empecé a hacerle esténciles a camperas de amigos, de conocidos y a marcas. No son camperas que hago yo, sino que la gente me trae sus propias camperas y yo se las pinto”.

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Tuvo sus propias camperas, cuando trajo de Bolivia más de 350 unidades. Después de quebrarse la pierna en Los Ángeles, andando en skate, decidió ir hacia el país andino. Fue con el yeso y se trajo cien kilos de ropa en bolsas cerradas por cien dólares. Después de transportar doce bolsos lleno de camperas, prohibieron la entrada de ropa usada a la Argentina.

Tomás dibuja, en las camperas, íconos de lo controversial o de la transgresión que en su momento fueron en contra del statu quo y de órdenes establecidos.

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—¿Por qué los reivindicás? ¿Te sentís identificado?

—Tengo un atractivo por la gente que se destaca. No fui a la facultad porque siempre sentí que me querían moldear y, cuando veo referentes como Dalí, admiro las cosas que él enfrentó para llegar a pintar los cuadros que pintó. Me acuerdo de haber escuchado cuando era chico que Dalí se dormía con una cuchara en la mano y cuando se le caía la cuchara se levantaba, como para poder dibujar lo que soñó. Esas pequeñas cosas están tan relacionadas con ese ser específico, son personas que marcaron mucho por el hecho de ser ellos mismos. Me atrae mucho el que piensa diferente.

En su secundario, eligió la especialidad de diseño y hacía algo fuera de las normas: arrancaba la parte de la madera de las mesas y se hacía skates. “Ahí me encontraba realmente haciendo algo que me movía, que me daba ganas. En el colegio, eso estaba muy bien, pero cortar una mesa no iba de la mano con lo que ellos pretendían que hicieras. Cuando te marcan mucho el camino, cuando te ponen el guardarraíl y no podes salir a la tierra, y tenés que ir todo el tiempo por el cemento, me choca mucho. Me gusta cuando me dan las herramientas para crear algo mío, eso es más entretenido”.

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—¿Qué es ser transgresor hoy en día?

—Ser transgresor es ser fiel a uno mismo. Es pararse frente al espejo y ser sincero consigo mismo. Es poder ser realmente uno ante todo.

La adolescencia es la época en que se supone que la vida debe tener un sentido. Como la vida no está hecha todavía, parece como si fuera necesario —fuera posible— construirla. Tomás, cuando tenía dieciséis años, se enojaba mucho por el hecho de que la gente fuera a la carnicería y pudiera comprar el corte de carne como si fuese un producto.

—La carnicería es limpia, el carnicero está limpio, no hay muerte a la vista. Por eso, me compraba pintura roja, agarraba botellas, las llenaba de pintura roja, les hacía un agujerito, iba a las carnicerías y las bañaba en rojo enteras, todas. Las carnicerías de todos los barrios. Iba de noche. Una vez, recuerdo que un amigo dijo: “Vieron eso del rey de la carne que pinta las carnicerías con sangre, es un morboso. Cuando me percaté de que al menos una persona se dio cuenta, estuvo buenísimo”.

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Tomás siente —no sabe por qué siente— el placer de reírse. Me cuenta que en Iberá y Tres de Febrero es donde pintó por primera vez un mural. También fue la primera vez que puso plata de su bolsillo para el arte.

—La gente se frenaba, los nenes se frenaban y me decían: qué bueno. Para mí fue lo más cercano a ser un rockstar de la vida. Hay pirámides que se ven de diferente forma, todo depende del ángulo. Parece como si tuviese un sinfín de blancos y negros para la derecha y para la izquierda con un mandala en el medio que es el que hizo mi amigo.

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Uno tiende —todos tendemos— a acumular recuerdos. Tomás fue muy feliz de nene, esa edad en la que creemos, todavía, que cerrar los ojos va a apartar la amenaza. Amaba andar en bicicleta por Núñez. El viento, una de las pocas cosas limpias del mundo, acariciaba su cara y él disfrutaba de su absoluta libertad. Otro de los momentos más felices de su vida era cuando iba los veranos a Tucumán, a la casa de Gustavo, su papá biológico.

Nos levantábamos a las 9 de la mañana, montábamos unos petisos que teníamos de caballos y volvíamos a las 9 de la noche. Era aventura tras aventura, yo me sentía el zorro, me volvía loco.

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¿Morirías por algo? ¿Darías la vida por una causa?

Por bastantes cosas, si tuviese que elegir algo: la liberación animal. Fui muchos años vegetariano. No soy más vegetariano porque tuve un problema alimenticio, realmente me hizo mal muscularmente, no supe mantener mi dieta. Soñaba con la idea de que el humano se diera cuenta de lo mierda que está haciendo todo. He dibujado y planeado la idea de interceptar un camión de ganado en la mitad de la ruta, bajar al conductor, llevar el camión a un campo y soltar las vacas: ese era mi sueño. Lo dejé con el tiempo porque me empezó a parecer bastante pesado y aparte me dio miedo; pero daría la vida por eso.

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Camino por el departamento. Miro un pez beta: Aquaman, así se llama. Hay un cuadro con dólares, un rouge, “puchos”. “Es un cuadro que me regaló mi abuelo, no me dejaban tenerlo cuando era chico”. Busco, busco, busco. En la heladera, hay una foto de “la quinta más grande del mundo”. Retrata la casa de su abuelo “Joseba”, en Bella Vista. A veces, Tomás trata de no pensar, pero piensa en esas cosas que ya no existen: ideas de su abuelo, palabras de su abuelo, las caminatas por la quinta de su abuelo, recuerdos de su abuelo. Murió cuando Tomás tenía catorce años.

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—Era un tipo que me inspiraba muchísimo. Se murió de un día para el otro, no se enfermó ni nada, lo pisó un auto. Era el que unía la familia, hoy estamos más divididos, no nos juntamos tanto, era el eslabón que nos unía.

Si su abuelo resucitara, lo abrazaría.

Una luz musgosa, reluciente y tierna entraba por la ventana. Veo collages, y un santuario, el santuario del “GTA”, un videojuego situado en Los Santos, San Fierro y Las Venturas que evoca a las ciudades de Los Ángeles —en donde Tomás cumplió el sueño de andar en una Harley—, San Francisco y Las Vegas. Al lado del santuario, hay una foto de un atardecer en donde Tomás contempla el mar suave del Uruguay junto a su abuelo. También hay un cuadro gigante pintado por su mamá en dónde está él retratado cuando era chiquito.

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—Yo soy ese, cuando me hiciste mirarme al espejo, no me reconocí tanto; para mí, yo soy ese nene todo el tiempo, desde dentro de mí sale ese nene.

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Su película favorita es Low Down, película que narra la lucha del pianista de jazz Joe Albony contra la heroína. “Me gustan las películas que muestran el inicio de algo, para luego ver cómo va creciendo el business o una idea chiquita que se termina convirtiendo en una gran cosa”. Tarzán es su personaje favorito de Disney.

Tomás va al psicólogo desde los catorce años. “Puedo vencer el desánimo que la injusticia me provoca”, le dijo su psicólogo y él anotó la frase.

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— Ir al psicólogo es escucharte, es pasar a palabras lo que pensás.

Lo desanima “ver que la gente no es feliz, no habiendo cumplido su sueño”.

Me da tristeza escuchar gente que no pudo hacerse caso a sí misma. A veces, me pongo a pensar que sería una cagada si yo algún día dejase de darme bola a mí mismo. Me desmotiva la gente que no alcanzó sus sueños.

Tomás tiene muchos primos a quienes denomina como un comodín de la vida: menos que hermanos y más que amigos. También me cuenta que sus amigos son sus hermanos: “llegan a mi casa, abren la puerta. Sé que estoy mal y los puedo llamar”.

—¿Algún amigo te lastimó?

Sí sí, la traición nunca viene del enemigo, sino de los amigos. 

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Creo —por el momento creo, ya veré— que los hijos les fallan a los padres de formas más directas, más precisas; los padres a los hijos, de infinitas. Tomás aprendió a perdonar a los suyos y a no esperar nada de nadie.

Quiere pintar las medianeras de los edificios que tiene frente a su casa. Me dice y se ríe y me explica que ahí dejaría chorrear toda pintura de colores o pintaría una gran cara suya.

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Tomás se busca, se describe como una victorinox, un multiuso con todo adentro. Si pudiera ser un animal, elegiría ser un pájaro. Odia la palabra vintage, prefiere la palabra “viejo”. Tiene walkman, discman, CD, casetes —su preferido es uno de ACDC— y, en Tailandia, se encontró uno de los Guns N’ Roses, la misma banda que mamó de su hermano más grande, Abel.

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Tuvo un bull terrier que se llamaba Cerdo: “La primera responsabilidad grande de mi vida. No lo pude cuidar como el perro necesitaba, lo tuve dos años y pico y después mordió a varias personas, pero, sobre todo, a mi sobrina, situación supertrágica. La lastimó mucho, fue todo muy shockeante, lo tuvimos que regalar y al mes se murió. Cuando lo regalamos se murió de tristeza”.

Toda la amargura del tabaco armado estaba en la boca de Tomás después de que se fumó algunos cigarros. En las vacaciones, planea irse en moto hasta el Brasil y pasar por el Uruguay, su país preferido. En un viaje, todo dura como un rayo. Poco pero como un rayo, fuerte y luminoso.

Hago preguntas y escucho respuestas. Otros escribirán otros Tomás.

Pensar —por primera vez pensar— que soy lo que escucho. Otra historia me espera.

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NOTA: RAMIRO GAMBOA / SENDERO ELEGANTE

FOTOGRAFÍA: MELANIE GUIL / SENDERO ELEGANTE

PRODUCCIÓN AUDIOVISUAL: GABRIEL MEKLER JUAN MANUEL CAFFERATA / SENDERO ELEGANTE

COLABORACIÓN: LILIANA VELASCO – JUAN PABLO CHIODI / SENDERO ELEGANTE

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