LA PERSONA DETRÁS DEL SAXO: PABLO VIDAL

Comenzó su historia. Cada vez que lo intentaba, perdía los primeros partidos; algunos cambios en su plantel lograron que, poco a poco, se diera vuelta el resultado. Hoy, Pablo Vidal está puntero en el campeonato de su vida, y sin lugar a duda, lo está ganando por goleada.

Organizar fogones, rescatar un porro de algún hermano mayor, robarle un vino a la vieja, llamar a cuatro o cinco amigos, prenderse un fuego en el balcón o en la terraza. ¿Alguien que traiga una guitarra? Llevar la guitarra y que salga como salga, pero toquemos temas de Lito Nebbia, León Gieco y Serú Girán. Para muchos, un plan semanal de los noventa: vino, birra, cantar y perderse en las brasas hasta que estas se duerman. Para otros, el asunto era más complicado. “Yo no participaba mucho de los fogones” (risas). Pablo Vidal asiente y prosigue: “ni ahí yo cumplía el papel de ‘alma de la fiesta’, de chico era muy vergonzoso e introvertido”. Ese chico no es el que se encuentra enfrente de mí, pero aún así logra salir y responderme: “y sigo siendo introvertido”. 

Durante el secundario, Pablo ingresaba al aula del San Francisco de Sales para compartir —seis horas por día, cinco veces a la semana, durante doce años de formación— el mismo espacio con otros estudiantes. Antes de comenzar la jornada escolar, todos rezaban un padre nuestro ante algún Cristo de plástico, y algunos se permitían jugar a reemplazar los mandamientos divinos por los propios: expresados en el bullying hacia Pablo.

No le creyeron. Ni él creyó en sí mismo por mucho tiempo. No hasta que su profesor de plástica se acercó a él y se lo juró en su mismísima cara: “Vos vas a ser un gran saxofonista”. Más por arte que por magia, su destino, en ese instante, quedaría sellado. 

¿Por qué a su docente le interesaría confirmarle el futuro? Ni Vidal siquiera conocía el instrumento, nunca lo había visto en vivo, ¿el profesor lo veía muy inseguro de sí? Es probable. ¿Introvertido? Totalmente. ¿Demasiado solitario? Se había dado cuenta de eso hacía tiempo. ¿Lo veía como un chico triste? Bien observado, profesor, porque Pablo no manifestaba con claridad esa emoción hasta llegar a su cuarto.

La afirmación, sin llegar a descartar la posibilidad de que Carlitos Puyol haya sido el único profesor de plástica argentino que a su vez practicara la clarividencia con méritos destacados, veinte años después, se convertiría en profecía. “Él estaba determinado a que yo tocara música porque sabía que era muy solitario y, de alguna manera, creyó que yo podía llegar a tener un lindo mundo en donde poder expresarme, sentir libertad, no estar encerrado, no tener miedo…, no ser juzgado”.

“Mirá, Pablo, tenés que ir con tu viejo a ver un show: 2 saxos 2”. El consejo sostuvo su tono imperativo que lo vistió de orden. Aquel día, Pablo se retiró del colegio, cruzó las esquinas en dirección a su casa, transitando lo que hasta hoy contempla como su eterno barrio de Almagro. Cuando Pablo nació, sus padres decidieron mudar a la familia a una casa ubicada muy cerquita de la famosa parrilla de “Rosendo”. Ingresa en la casa. Sin tiempo que perder, Pablo busca a su padre, abre la boca y libera la prometida invitación. El no pestañea, pasan los segundos y la sorpresa es evidente. Vidal mayor, quien fue un buen contador público, gran melómano, crítico musical, una persona que gozaba de aprovechar de cada oportunidad que se le presentaba para visitar el canillita; disfrutar de horas buscando nuevas piezas para su colección de música. Finalmente, respondería con alegría: “vamos”. “Él siempre me ponía música clásica de chico: Beethoven, Mozart, Ravel, Rajmáninov, Herbert von Karajan y un montón más. Mis padres siempre me apoyaron en mi faceta musical”.

“Llegamos y una azafata vestida de azul con una planilla en la mano salió del lugar para recibirnos”. El espectáculo, 2 saxos 2, para comienzos del nuevo milenio, solía realizarse en el Limpa: una fábrica abandonada ubicada sobre la calle Pringles. “Por favor, síganme”, enunciaba en aquel entonces la mujer de azul a los Vidal. “La seguimos por una fábrica abandonada. De repente, se enciende una luz y una jaula se ilumina con una chelista dentro: tocó como dos minutos hasta que retomamos camino”. “¡Acompáñenme! ya vamos a llegar”, insistía la azafata. “Entonces llegamos a una nueva sección donde nuevamente, había una luz que te iluminaba un sector con varias chapas que colgaban de unas cadenas del techo. Una cosa de locos. Y se pone mejor. En un momento, aparece Pablo Dawidowicz y arranca a pegarle a las chapas con unas mangueras mientras iba alternando entre distintos ritmos. De verdad que es un gran percusionista”. 

Finalmente, dentro de la fábrica abandonada, yacía un círculo central con varias gradas a los costados en donde la azafata dejó a los presentes: “había una pared, y ahí se proyectaban imágenes del ‘Semilla’, bajista de Los Redondos. De la nada, salen Sergio Dawi y Damián Nisenson. Dos grandes del rock disfrazados con mamelucos de fábrica y máscaras, ellos agarraron sus saxos y comenzaron a tocar”. Aquella noche, el show performativo había conseguido exceder las expectativas de Vidal mayor, y convencer infinitamente a Vidal hijo: “hoy en día recuerdo melodías de esas canciones. No me las puedo sacar de la cabeza porque fue lo primero que escuché que hizo que yo quisiera tocar el saxo, eso quedó acá –señala su cabeza– en el disco rígido”. No bien terminó el espectáculo, con quince años, Pablo Vidal caminó directo hacia ellos. Ya nada ni nadie podía hacerlo dudar, ya curado de incertidumbre, sentía que no iba a hacerle una pregunta a dos músicos, sino a sus dos futuros profesores: “¿quién da clases?”. A la semana siguiente, Pablo comenzaba su entrenamiento para ser saxofonista. 

No es solo tocar. Es cargar una maleta o mochila de por lo menos ocho kilos. Abrir el estuche. Seleccionar una caña de madera, ingresarla sobre la superficie del surco medio de la lengua, dejarla humedecer con saliva por unos segundos y, a continuación, colgarse un arnés o sujetador sobre el pecho o cuello respectivamente. 

Luego, sostener el tudel por la parte del agujero que se encuentra rodeada con corcho y conectar con la boquilla —ya sea de metal, pasta o mixta —. Ahora, se pasa a retirar la caña de madera ya humedecida de la boca y una vez lista, se la posiciona cara arriba sobre la boquilla. Y si además introducimos una ligadura de metal que impida la separación entre boquilla y caña, no tendremos de qué preocuparnos; porque, finalmente, todo se conecta: el cuerpo del saxofón con el tudel, la boquilla con la caña, el sujetador o arnés con Pablo y, por supuesto, el músico con su música. Repetir todos los días. Entrenar. Entrenar más. Entrenar más fuerte. Seguir entrenando hasta que el cansancio haga surgir la idea de rendirse. Y entonces seguir. Se estipulan tres horas diarias de saxofón. Así será. 

Pablo Vidal, tal vez, no sea el músico que su padre hubiera querido que sea en aquel entonces: “cuando era chico, pasábamos por los shoppings y mi viejo me hacía entrar a ProMúsica con la ilusión de que yo aprendiera a tocar el piano y que fuera pianista”. Ya no era factible. Aquel piano Roland que él con su padre atesoraban comprar nunca terminaría en el living de su casa. Pablo incursionaría en otra herramienta expresiva. Vidal mayor ya no tendría como objetivo conseguir un piano, sino un saxofón. Si bien la situación económica de su casa era estable, no dejaría que su hijo menor accediera al instrumento con tanta facilidad. Así fue como Pablo llegaría a recibir un histórico ultimátum de parte de su padre: “vas a tener que elegir hijo; o te compro el saxofón o te vas de viaje de egresados”. Una gran decisión para un adolescente. Sin embargo, si en ese entonces ubicamos las opciones en la balanza: irse de viaje con los “compañeros” de curso o llevar su nuevo y primer saxofón a practicar con sus profesores; entonces la decisión ya no pesa tanto. “Mi viejo, en su momento, creo que lo hizo para que empezara a tomar decisiones en mi vida, no lo hizo de cruel, terminó siendo un momento muy determinante para mí”. 

Aprender a elegir y a hacer sacrificios por lo que uno está seguro que desea. En los últimos dos años del colegio, cuando todo el mundo se imaginaba sus once días de viaje por Bariloche o República Dominicana, Pablo, apostó por otro camino.

“El Ateneo” era un torneo de fútbol que se realizaba cada viernes en el colegio de Pablo. Todos asistían a ver los partidos y a alentar a su curso. Todos, menos los jóvenes músicos. Detrás del patio del San Francisco de Sales, mientras el resto del colegio jugaba y alentaba, Pablo Vidal tocaba su saxofón. El interés de Pablo por la música lo acercó a nuevos amigos como el “negro” Anselmi, el “enano” Requejo, Tomas Calvano, Gonzalo Illescas, Fernando Argento y Diego Bozzalla –“El Bochi”–. Mientras el resto del colegio veía los partidos del torneo desde las gradas, los jóvenes músicos se escapaban detrás del arco, caminaban a través de los largos pasillos, hasta el fondo, tratando de esquivar los dormitorios de los curas, para dar finalmente con las oscuras escalinatas; frescas también por sus pisos de mosaico y mármol, perfectas para combatir los días de calor e ideales para hacer música con libertad. “Yo recién arrancaba, me hacían una base con la guitarra y tocaba lo que me salía, pero fui aprendiendo mucho de ellos, siempre les preguntaba: ¿qué tocan? ¿De quién es? ¿Dónde consigo este disco?”. En los noventa, las redes sociales no habían madurado todavía y el Spotify, por aquél entonces, era cara-cara y se le decía Parque Rivadavia: un espacio de comercio y consumo de discos, casetes y libros.

Mientras tanto, semana tras semana, los “compañeros” del colegio continuaban con sus maltratos. Y si antes los videojuegos eran la manera en que Pablo podía escaparse mentalmente del día a día, ahora él había encontrado un método mejor para expresarse: el saxofón. “Estando solo con la música uno se descubre a sí mismo, porque este idioma es extraordinario: sólo te genera emociones”. La estrategia fue implacable: utilizar daños diversos para fortalecerse a sí mismo. El saxofón cumplía su objetivo de permitirle a Pablo canalizar, soltar, reparar y seguir adelante: “agradezco la soledad y los malos tiempos que pasé. Cuando aprendí a tocar el saxo, supe cómo desembocar un montón de sensaciones tristes que tenía dentro: así un maltrato se convirtió en un blues, se hizo rock triste o se transformó en un jazz suave. Yo no sé si hoy tocaría así si no hubiera vivido lo que viví”.   

Ya antes de irse para Montreal, en 2001, Damian Nisenson se lo había enseñado: “la música es la capacidad de una persona de utilizar ritmos, armonías y melodías con tal de provocar una emoción, esa es la definición de música, si no te genera algo, es sólo matemáticas”. Además, tras años de tocar, Pablo afirma que la música es “lo único en lo que el ser humano se puso de acuerdo”. El lenguaje, si bien costó años de largo entrenamiento para dominarlo, le ha permitido tocar con diferentes tipos de bandas, trabajar con distintos ritmos, conocer una variedad de personas y de ciudades. Finalmente, la música es el medio para mucho más: “aprendés un poco de todo y, al final, absorbiste una bocha de cosas”.  

En 1998, Pablo es llamado a formar parte de “Manos Vacías”, una banda de amigos que hacían covers de La Renga: “un pibe, Mariano, tocaba con los de mi colegio y necesitaba un saxo, entonces me llama a mí. Manos Vacías ensayaba por ese entonces en Villa Madero. Así, durante casi dos años, me tomaba el 103 para ir hasta allá, solo para tocar”. Pasaron las semanas, siguieron los ensayos, y Pablo, con más rock en su cronograma, egresa del colegio, aún sin confiar a fondo en el oficio musical; por eso, decide iniciar sus estudios como contador público en la Universidad de Buenos Aires: haría dos años del CBC y tres de la carrera. “Me había metido porque los números siempre fueron fáciles para mí, pero cuando comencé el CBC también me llamaron Tomás y Gonzalo, yo hasta entonces no conocía lo que era ‘Lágrimas Negras’”. 

Llegaban los tiempos del corralito y “Manos Vacías” pasaba a segundo plano. Pablo recuerda otro hito en su trayectoria musical, sus comienzos en “Lágrimas Negras” tocando en diversos lugares.

Un día, llega Carlitos Ariel D’Antiags –un amigo de Pablo de aquél entonces–. Carlitos logra traer a integrantes de ‘Maldita Suerte’, conjunto que solía telonear a La Renga en aquellos años, a un show de la banda de Pablo. Al finalizar el espectáculo, Juanjo, Fernando Ávila y el Gordo buscan al saxofonista: “che loco, estuvo rebueno el show, ¿por qué no te venís a un ensayo?”.

Cuando Pablo Vidal aceptó la oferta de integrar Maldita Suerte, él tenía 19 años, hacía el CBC y aún no sabía un par de cosas: no sabía que en ese año iba a estar abriendo el espectáculo de La Renga en el estadio Obras para cinco mil personas, no sabía que tiempo después se encontraría dentro del estadio Vélez tocando junto a ‘Maldita Suerte’ para cincuenta mil almas o quizá no se imaginaba que un 19 de marzo de 2004 iba a estar compartiendo escenario con Papo en Cemento. Como sea, quizá ya lo sentía por dentro, pero cinco años más tarde Pablo se aburriría de la carrera y dedicaría todo su espíritu a tocar aún más el saxofón por los escenarios de distintos países. Hoy, Pablo agradece sus primeros códigos de vida, de noche, de la música y del rock a esos diez años que vivió tocando junto a ‘Maldita Suerte’. “Es una banda con una integridad y códigos muy fuertes. Tienen mucho corazón”.

Pero no nos adelantemos. El año 2007 es otro gran momento bisagra de Pablo. Un día, Tomás –excantante de Lágrimas Negras— lo llama: “amigo, vení que vamos a festejar mi cumpleaños a lo del negro Mario”. Lo del negro Mario no era ni una casa, ni un depto, ni un bar. Lo del Negro era un taller mecánico ubicado en la intersección de las calles Loyola y Scalabrini Ortiz. Un espacio que supo habitar decenas de fiestas clandestinas. Para entrar, por ejemplo, uno tenía que escapar a la engañosa fachada de “local cerrado”, abrir la puerta chiquitita, y recién ahí ver lo que en verdad pasaba: una fiesta clandestina. Si bien no hay recuerdos de si Pablo le llevó un regalo a Tomás esa noche, sí es probable que Tomás le haya regalado –sin buscarlo– una gran coincidencia a Pablo: “esa noche, tocaba El Kuelgue”.

El saxofonista me mantiene la mirada y deja que el silencio colme el living para que me dé cuenta del peso de tal acontecimiento. “Esa noche, conocí lo que era El Kuelgue. Yo ya los tenía a un par de los chicos, pero no había visto un show completo”. 

Al inicio, las palabras de Pablo no fueron suficientes para convencer a los integrantes de la banda para que tocaran juntos. Semanas después, las opiniones se darían vuelta. Los músicos ingresan en la sala de ensayo, Pablo saca su saxofón y deja a su música a cargo de los argumentos. La respuesta, nuevamente, volvía a ser positiva: “che, venite a tocar un temita”. Días más tarde, Pablo comenzaba con ‘El Paraíso de los Perros’, su primer tema con El Kuelgue. La música lo seguía cruzando con nuevos amigos, olvidar aquellos viejos maltratos y así poder seguir adelante, aunque, ¿hasta dónde podría llegar esta nueva banda de Villa Crespo?

“Tengo el recuerdo de un amigo mío que una vez me dijo: ‘ahhh pero boludo, el Kuelgue nunca va a llenar un estadio, no va a ser masivo, mirá la música que hacen…, no es una banda masiva’. Me lo dijo y no me lo olvido más”. Al finalizar su anécdota, el silencio se propaga por la habitación. Tal vez, demostrando que las palabras no se borran, tal vez, representando una gran dignidad y una valentía de seguir ante todo, sin importar cuánta confianza le tenga el resto a uno. Fue así, el futuro le daría la mano nuevamente a Vidal. La noche del 4 de agosto de 2018, Pablo bajaba del escenario llorando por las escaleras, fue cuando sintió que ya todo había dejado de ser imposible: “ese es uno de los momentos más importante de mi vida, cuando El Kuelgue tuvo su primer Estadio Obras, era nuestra banda que había convocado a miles de personas, no lo olvido nunca”. 

Pablo y El Kuelgue tienen otro gran recuerdo compartido: conocer a un Beatle. Era mayo de 2016, once de la mañana de un viernes 13. La emoción sobrepasa a Paulita Berdichevski, manager y amiga de la banda. Como puede, Paulita trata de contener las lágrimas para que las palabras sean emitidas con claridad. Ya tiene el celular en la mano, sabe a quienes notificar primero. Busca el chat de la banda, sostiene el ícono del micrófono y da el anuncio: “chicos, El Kuelgue es la única banda soporte de Paul Mc Cartney, el martes 17 y jueves 19 de mayo en el estadio único de La Plata, está confirmado”. 

No importaba qué es lo que estuvieran haciendo en ese instante, cada integrante del Kuelgue fue directo a la sala de ensayo: “teníamos la necesidad de juntarnos a festejar, llegamos, nos abrazamos y comenzamos a saltar con temas de los Beatles de fondo. Seguimos hasta que no podíamos más de la felicidad”. Los días pasaron y la felicidad no cedía. La emoción continuó hasta que, de repente, llegó el primer día. El Beatle los había elegido para estar ahí, festejando la música. Pablo contemplaba a más de 40 000 personas dentro de un estadio; esta vez, esperando el comienzo del show de Paul McCartney; esta vez, con las canciones del Kuelgue. “Cuando terminó el primer show de Paul nos miramos todos y dijimos: ‘bueno, ¿qué tenemos pasado mañana? ¿Otro show con Paul McCartney?’ (risas) Era una cosa increíble”. 

Como cierre de un gran sueño realizado, una persona del staff de Paul se acercó a la banda. “Quiere conocerlos”, fueron al camarín y, aunque las fotos prometidas del Beatle con la banda de Villa Crespo nunca llegarían, el recuerdo de ese momento sería infinito.

Por fuera, periodistas, seguidores, amigos, conocidos y desconocidos los llaman: “la banda”, “Los Kuelgue” o “El Kuelgue”. Pero para Pablo y el resto de quienes trabajan en el proyecto del Kuelgue no es tan así, y el saxofonista se encarga de aclararlo: “entre nosotros nos decimos ‘Familia Kuelgue’, todos nos tratamos como iguales, nadie está por encima, nos queremos mucho”. En cada espectáculo, la familia sube al escenario, son doce músicos: cantante, teclado, bajo, guitarra, saxo alto, saxo tenor, trompeta, batería, coristas, percusión, y si sumamos mánager con producción, el resultado es una familia de dieciocho. 

“Paulita Berdichevski es una kuelgue más. Ella labura mucho, decime… ¿cómo manejas esto?” –me señala el cuadro de los seis integrantes iniciales que cuelga en su living— “¡Mirá esas caras! Son las tres de la mañana y tenés que manejar a esos tipos ¿cómo tenes que ser?” –pienso si hay cursos para aprender el oficio de mánager—“Hay que ser decidida; y eso es lo que ella tiene que ser para la banda. Y es la mejor: Paula es la number one”. 

Sin embargo, Pablo atravesó por distintas etapas personales antes de ingresar al gremio del Kuelgue y convertirse en uno de ellos. Al principio, transitaba introvertido por la noche y el rock, esquivando los excesos con cierto miedo al alcohol y las drogas. “Yo a los shows iba y tocaba, me tomaba una birra y listo”. Pasaron los años en la universidad, y un día, gracias a su cuñado, su hermana y una honorable familia taiwanesa, Pablo Vidal decidió ser vegetariano y practicar el budismo. Hoy es la religión que ha dejado, pero a la cual le mantiene un gran respeto. En su living, dos estatuas traídas desde China mantienen la experiencia viva de aquellos años.

“Se aprende del error. La familia Kuelgue lo sabe y es parte de cada uno. Esto lo aprendí cuando comencé a tocar con ellos: el error es una oportunidad para mejorar, siempre se puede aprender y eso no tiene por qué ser determinante”. La filosofía de la banda comienza a ser narrada con lujo de detalles por Pablo, cuenta cómo sus actuales compañeros y hermanos le abrieron la cabeza, cuenta la confianza que se tienen y cómo todo puede ser charlado. Se aprende de la letra que se olvida Julián, se aprende de los problemas de pareja de alguno, se aprende de la comunicación por redes sociales, se aprende del error en vivo y de cada error, la banda se defiende con el humor que la caracteriza. “El Kuelgue es un espacio de familia, no hay maldades, sí aprendizajes, no hay segundos pensamientos, hay rutas y recorridos juntos; eso nos mantiene unidos”.

La familia Kuelgue lleva doce años juntos, tres discos, un EP y tres singles. De tocar en fiestas clandestinas a abrir dos veces para Paul Mc Cartney. Forman parte de una nueva generación musical y Pablo rescata algunas figuras que emergieron de la escena argentina en los últimos años: ‘Marilina Bertoldi’, ‘Bandalos chinos’, ‘Lo Pibitos’, ‘Locos de Nacimiento’, ‘De la Gran Piñata’, ‘Salvapantallas’, ‘Román’, ‘Militantes del Climax’ y destaca a ‘Huevo’ y ‘De la Rivera’ como dos “bandones”. Con algunas de estas bandas hasta ha tenido la oportunidad de tocar. Aún así, los sueños siguen llegando y hace poco, logró concretar uno más: tocar en la Kermess como invitado de su profesor Sergio Dawi y otros integrantes de Los Redondos. “Es una cosa hermosa que me invite a tocar alguien así”. Aunque parezca suficiente, no se detiene. Nuevamente lo desafío a soñar, y Pablo me responde con dos momentos por los cuales se volvería loco vivir: subir al escenario junto al mítico saxofonista funk Maceo Parker y, ya que estamos, tocar ‘Lady Madonna’ con Sir Paul Mc Cartney. 

“Son los inalcanzables…, ¿no? A los que de repente le estás abriendo su show en el estadio único (risas). De verdad, para mí hoy no hay imposibles”.

El bullying del colegio, los días estando solo y los duros maltratos quedaron atrás. Ese viaje de egresados que nunca fue se convirtió en numerosas giras de cada semana hacia distintos rincones del país y también, del mundo. El saxofón, es la extensión de sus emociones. En algún edificio del barrio de Almagro, cada día, suena un saxofonista versátil, de esos que no conocen de límites, porque se mueven con comodidad dentro de varios géneros. Pablo libera su instrumento y toca unas melodías tristes; al rato, comienza con fuerza a rugir un rock de barrio y finaliza su demostración breve e inolvidable con un ritmo bien funky. Distintos sonidos, diferentes emociones, una variedad de experiencias transmitidas sin llegar a enunciar una sola palabra. 

¿Cuál es la frase que te motiva? Es la última pregunta que le formulo. La respuesta, Pablo la piensa un rato, asiente, me mira y decidido responde: “¿qué haría el amor en este momento? Para tomar una decisión, sea del grado que sea: desde enfrentar un defecto del saxofón, saber cómo actuar ante una persona que me insulta o cómo responder ante una injusticia. En cada situación: ¿qué haría el amor en este momento? Siempre me pregunto eso y es algo muy interno, muy personal. Me representa totalmente esa frase y no es de soberbio, me dejo llevar por ese valor: lo heredé de  mi familia, mis amigos, mis seres queridos, quienes me quieren realmente”.

Se necesita un poco más de eso; frente a las pequeñas cosas: ¿qué es lo que haría el amor?

Juan Zingoni

Juan Ignacio Zingoni es estudiante de Ciencias de la Comunicación Social en la UBA y de a poco saxofonista. Nacido en Bahía Blanca e hincha de Boca Juniors. Cuando le regalaron una colección de crónicas de Leila Guerriero no pudo parar de leerla. Dejó de hacer malabares en el parque y de formarse como trapecista circense para comenzar a enamorarse del género de la crónica y de la entrevista. Este año, como los anteriores, Juan se propuso un objetivo a corto plazo: seguir vendiendo su lemoncello casero. Y su sueño a largo plazo: escribir una crónica de viaje sobre Islandia.

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