El fruto extraño: Kate Moss

—AUTOR: A. A. GILL // CORTESÍA: VANITY FAIR

Vi a Kate Moss por primera vez hace 11 años, en Milán. Era un tiempo en que todas las modelos eran enormes, musculosas, imposibles amazonas. Misiles vestidos –Nadja Auermanns con piernas de arquitectura alemana. Las pasarelas estaban llenas de chicas que parecían asesinas, todas idénticas. La escena era dura, agresiva, cara y cínica. Y ahí, en el lobby del Four Seasons, estaba Kate Moss. Un metro sesenta y tres, andrógina y delgada, en jeans, tomando Bellinis, a las carcajadas, botones, las lagartijas de salón, los turistas alemanes, todas las damas frágiles que no almuerzan. Kate estaba completamente impermeable a todo, el desinteresado centro de atención, irradiando buenos momentos y la feromona del almizcle. Todos hubiéramos apostado a que duraría una temporada. Era demasiado frágil, demasiado real, demasiado natural. Y una década después aquí sigue ella. Sobrenatural. Hiper real. La última que queda.

¿Qué tiene Kate Moss que nadie más tiene? Es más fácil empezar por lo que no tiene. No tiene su propia línea de corpiños o de velas aromáticas. No tiene un bar en St Barh’s o el deseo de ser fotógrafa o musa o embajadora de UNICEF. No quiere una carrera en el cine. No se ha sentado en las rodillas de Harvey. No ha hecho ninguna de esas publicidades asacarinadas, populistas, angurrientas. No le agradece a Dios ni quiere que le agradezcas a su dios. No abraza a niños negros ni adopta niños chinos. No da consejos de belleza, no tiene una dieta verde ni un blog. No come fruta y semillas en el desayuno y no se desintoxica. No duerme ocho horas y no insiste con lo orgánico y uno sabe que te usaría el cepillo de dientes.

Los rumores, los chismes de sala de maquillaje sobre la vida privada de Kate Moss siempre han sido jacobinos, terrenales y envidiosos. Ha mantenido cerca a sus amigos y a las novias y novios de sus amigos. Su círculo se ha mantenido protegido, silencioso y encantado. Se dice que sus apetitos e indulgencias son prodigiosos. Pero miren sus fotos. Saquen los recortes. Escaneen zillones de imágenes. No existe una foto mala de Kate Moss. Es espeluznante, bordea lo extraño. Por mucho que lo han intentado –y lo han intentado—ella es incapaz de dar una foto deprimente, de mañana después, floja, gastada, en un mal ángulo. Moss nunca ha sido la sirviente de ningún diseñador. Usa sus ropas pero se viste a sí misma, y siempre es cool y correcto y original. Y los chicos y las chicas saben, con ese sexto sentido que tienen, que pueden confiar en ella para un look mucho más que en los expertos, los periodistas especializados en moda, los asesores y los manipuladores. Si Kate Moss usara cáscaras de banana como zapatillas, triplicaría la economía de Costa Rica de la noche a la mañana.

Pero su imagen más arquetípica, la que centellea en la retina y mejor ejemplifica su personalidad, es Kate Moss sin nada. Desnuda. Sin ropa es cuando más desinteresada e inconsciente de sí misma aparece. Toda otra modelo que se saca la ropa, no importa cuan elegante y estilizada sea la foto, no importa cuán irónica la puesta, siempre hay algo cursi ahí, siempre hay un aire del viejo Hef. Pero nunca con Kate. Siempre es completa y naturalmente ella. Y con un atractivo ganador, omnisexual. Es como Eva antes de la manzana. No un lapso de modestia, sino una ausencia de lascivia.

La actitud de labios sellados y falta de hipocresía de Moss implica que nunca será responsabilizada por las preocupaciones de la sociedad sobre las drogas, la anorexia, los valores familiares o los miedos que pueda tener sobre sus hijos. Es una modelo, no un modelo a seguir. ¿Quieren ser como Kate Moss? Sean ustedes mismos. Todo lo que hay de Kate es la imagen. Nunca nos ha dicho lo que piensa de nosotros. Es la última gran estrella desnuda. Una garbo ubicua y posmoderna. Miren ese rostro: los ojos encapuchados, la leve pista de una sonrisa privada, enigmática y cómplice, divertida y cautelosa. Es una expresión antigua en un rostro joven. Por instinto o diseño, Moss ha entendido una lección de nuestra era clamorosa, de parabrerío barato y plagada de opiniones: que menos es más. Que hay honestidad entre las líneas del silencio. Y que una foto no vale mil palabras, pero atraerá mil palabras. En este caso, las mías. Kate Moss dice nada y lo parece todo.

Sendero Elegante

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