La larga sombra de la Noche de los Bastones Largos

POR: DANIEL FILMUS / CORTESÍA: INFOBAE

Hoy a las 18:30, Daniel Filmus junto a Alejandro Dujovne presentarán el Proyecto de Ley de creación del Instituto Nacional del Libro Argentino. “La producción cultural y el acceso al libro son derechos y el Estado tiene que garantizarlos” aseguró Daniel. Les compartimos esta nota que escribió en el 2016 acerca de la importancia que debe tener la ciencia y la educación para el Estado:

En momentos en que la comunidad universitaria y científica vuelve a manifestar su preocupación sobre la prioridad que tiene el financiamiento y el apoyo que reciben sus actividades, y cuestiona el modelo de apertura de mercado, ya que prescinde del aporte de la ciencia y tecnología nacional, es necesario recuperar la convicción de que las políticas educativas y científicas se deben concebir como políticas de Estado. Como hemos visto, todo se puede destruir en un día (o una noche) pero lleva décadas recuperar las capacidades perdidas.

Recordar la Noche de los Bastones Largos, honrar a quienes enfrentaron la violencia de la dictadura y pagaron con la exclusión y el exilio la dignidad de sus acciones, debe significar volver a poner en debate por qué la educación, la universidad, la ciencia y la tecnología deben jugar un papel central en la construcción de un proyecto de país con cada vez mayores niveles de autonomía, crecimiento, integración y justicia social.

Es difícil tomar conciencia de la dimensión del daño que produjeron a la ciencia, la cultura y el desarrollo argentino los acontecimientos que tuvieron lugar en la Universidad de Buenos Aires hace 50 años. Pero estamos seguros de que las consecuencias de lo ocurrido la noche del 29 de julio de 1966 se extienden hasta hoy.

Un mes después de haber derrocado al gobierno democrático de Arturo Illia, la dictadura encabezada por Juan Carlos Onganía decidió terminar con la autonomía y el cogobierno universitario que habían permitido uno de los períodos más prolíficos de la Universidad Argentina. Unos años antes, el general Onganía como comandante en jefe del Ejército ya había planteado su limitada visión de la democracia: «El deber de obediencia al gobierno surgido de la soberanía popular habrá dejado de tener vigencia absoluta si se produce al amparo de ideologías exóticas».

Desde su perspectiva, en las universidades imperaban este tipo de ideas. Las había explicitado el rector reformista Risieri Frondizi al hacerse cargo de la conducción de la UBA: «…es necesario construir una Universidad para el pueblo, para todo el pueblo argentino, sin renunciar a las exigencias más rigurosas en el orden de la cultura y en el cultivo de la ciencia…». Esta posición se vio reflejada en el estatuto de la UBA, en el que se afirmaba que ésta no debía desentenderse de los problemas sociales, políticos e ideológicos y que era un instrumento de mejoramiento social al servicio de la Nación y de los ideales de la humanidad. Durante este período, entre otros avances, se concursaron los cargos de profesores, se vinculó estrechamente la docencia con una investigación de alta calidad que tuvo un desarrollo sin precedentes, se crearon institutos científicos y nuevas carreras como Sociología y Psicología. También se fundó Eudeba que, bajo la dirección de Boris Spivakow, editó más de 12 millones de libros.

En este contexto, la acción del 29 de julio fue una decisión premeditada contra una Universidad cuyo Consejo Superior, el mismo día del golpe de Estado, había adherido a una declaración del rector Hilario Fernández Long: «En este día aciago en el que se ha quebrantado en forma total la vigencia de la Constitución, el Rector de la Universidad de Buenos Aires hace un llamado a los claustros universitarios en el sentido de que sigan defendiendo la autonomía universitaria, que no reconozcan otro gobierno universitario que el que ellos libremente han elegido de acuerdo con su propio Estatuto, y que se comprometan a mantener vivo el espíritu que haga posible el restablecimiento de la democracia».

Era mucho más que lo que la dictadura podía permitir. El 29 de julio sancionó la Ley 16.912, que estableció la intervención de las universidades. Al mismo tiempo les dio a los decanos la oportunidad de que continuaran en sus cargos con la condición de que anularan el estatuto universitario. En un ejemplo de dignidad, las autoridades se negaron. Esa misma noche la policía cercó varias facultades. En la Manzana de las Luces, donde funcionaban las de Ciencias Exactas y Arquitectura, se habían concentrado más de 300 alumnos y profesores que fueron conminados a salir por los efectivos policiales. Años después, Manuel Sadosky, vice decano de Exactas en aquel momento, relató la represión: » …tratamos de salir como pudimos, con pañuelos blancos para mostrar que no íbamos a resistir, pero me llamó la atención cómo golpearon a Rolando García y a las mujeres. A mí me golpearon en la cara. A Carlos Varsasky le abrieron una herida profunda. Rompían puertas y vidrios. Era una situación de enorme violencia…»

Mientras el Presidente Onganía ordenaba la quema de miles de libros de EUDEBA, se prohibieron los Centros de Estudiantes y la actividad política. La respuesta de la comunidad universitaria fue masiva. En agosto de 1966 renunció el 77,4% de los docentes de Ciencias Exactas y muchos otros del resto de las facultades. En total 1.378. Una parte importante de ellos (301) debió emigrar, 215 eran algunos de nuestros mejores científicos. Entre ellos los mencionados Risieri Frondizi, Rolando García y Manuel Sadosky, pero también Sergio Bagú, Gregorio Klimovsky, David Jacovkis, Tulio Halperín Donghi, Telma Reca, Mariana Weissmann y tantos otros.

La Noche de los Bastones Largos significó la puesta en práctica por parte de la dictadura de un modelo oscurantista y ultraconservador que se extendió a otras esferas de la sociedad y también implicó el inicio de la aplicación de la Doctrina de Seguridad Nacional. Pero desde el punto de vista del desarrollo nacional produjo el quiebre de un proceso de producción de conocimiento y de formación de profesionales y científicos destinados a fortalecer un crecimiento autónomo, sólidamente vinculado a las necesidades de las mayorías. Todos los indicadores muestran que fue éste el momento en que se inició el fuerte deterioro que sufrió un sistema educativo y científico-tecnológico del que estábamos orgullosos. Deterioro que luego fue profundizado en el tiempo por la dictadura que se inició en 1976 y posteriormente por los gobiernos neo-liberales que mandaron a «lavar los platos» a los científicos poniendo en evidencia que no jugaban ningún papel en el modelo de desarrollo que proponían. Los avances logrados en el gobierno de Raúl Alfonsín con la conducción del Conicet a cargo de Manuel Sadosky, y en los últimos 12 años de intento de transformación del paradigma de crecimiento hacia un modelo productivo basado en la ciencia y tecnología, muestran que Argentina tiene enormes potencialidades.

POR: DANIEL FILMUS / CORTESÍA: INFOBAE

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