Guillermo Martínez: “En las redes, el caníbal encuentra a quien quiere ser comido”

AUTOR: ENZO MAQUEIRA / CORTESÍA: CLARÍN

Premiado por Los crímenes de Alicia, el autor reivindica el viejo policial enigma y defiende el compromiso político de los escritores.

A medida que el nombre de Guillermo Martínez se fue abriendo paso entre los lectores, cambió el modo en que los periodistas lo presentaron. Fue el escritor de Bahía Blanca, el escritor-matemático, el autor de policiales. “Aspiro a que en algún momento me digan escritor a secas”, se ríe. El tono de su voz recuerda a los científicos de las películas. No aparenta sus cincuenta y seis años. Toma su café con calma en un bar del barrio de Belgrano, la mirada celeste y firme, un mediodía de martes de otoño. Acaba de publicar Los crímenes de Alicia, policial de intriga que funciona como secuela independiente de Crímenes imperceptibles, su novela de 2003 llevada al cine por Alex de la Iglesia con el título Los crímenes de Oxford. En esta nueva historia –que ganó en enero el prestigioso Premio Nadal en España–, la dupla que conforman un profesor escocés de lógica matemática y su alumno argentino debe descubrir quién está detrás de los asesinatos que se cometen en nombre de Lewis Carroll, el autor de Alicia en el país de las maravillas, un hombre sospechado de pedofilia.

En pleno auge de la novela negra y ya bien entrado el siglo XXI, ¿por qué escribir un policial clásico?

Tenía nostalgia de las novelas que había leído en la adolescencia. Quería rescatar el policial de enigma, que había quedado disminuido respecto al policial negro. Pero además me gusta la idea de que el lector trate de descubrir quién es el culpable. Que tenga que sospechar de todo, ir encontrando las claves que deja el autor. Celebro esa clase de confrontación de inteligencias. Además el policial de enigma te permite hablar con naturalidad de temas filosóficos. Aparece la cuestión de la verdad y lo demostrable, las conjeturas, las pistas.

También hay algo de matemática, una de tus pasiones.

Y de ajedrez y de ilusionismo. Son todas cosas que me interesaron a lo largo de la vida. En Leyes de la narración policial, Borges hablaba de seis mandamientos; el sexto es “Necesidad y maravilla de la solución”. Es lo mismo que ocurre con un teorema: seguís los pasos y, en el final, te asombra cómo hizo el autor para llegar a la tesis con hipótesis tan pobres. El acto de ilusionismo también empieza con materiales deleznables, como un pañuelo o un billete arrugado, y se construye algo que es del orden de lo maravilloso. Es una analogía muy fuerte. Los teoremas, el ilusionismo y el policial de intriga comparten eso.

La historia de Los crímenes de Alicia transcurre en 1994. No parece tanto tiempo, pero el mundo cambió mucho desde entonces.

La novela recupera temas, situaciones y herramientas de una época que no es la nuestra. Sin embargo es increíble cómo elementos del pasado encuentran su forma de reaparecer. En el libro es importante una ciencia anticuada: el peritaje caligráfico. Parece inútil en nuestro tiempo, pero mientras escribía la novela aparecieron los famosos cuadernos del chofer Centeno. Por otro lado, sí: sentía que estaba hablando de objetos que ya no existían, como los teléfonos públicos, los scanners de hace veinticinco años… Pero me gustaba porque contribuía a lo que yo busco en la literatura: que sea un mundo autónomo de la realidad del aquí y ahora; que el lector entre en otro universo cuyas leyes no son las del nuestro.

Crímenes imperceptibles se tradujo en muchos países y vendió 170.000 ejemplares sólo en Inglaterra. Los crímenes de Alicia rápidamente se ubicó en el ranking de best-sellers. ¿Por qué creés que los lectores siguen buscando policiales de intriga?

Hay una cantidad de gente a la que todavía le interesa pensar fuera de las coordenadas de lo inmediato y lo conocido, y levantar frente a sí un mundo parcialmente exótico o extraño. El policial puede llevarte a otros tiempos y otras lógicas. Ahora estoy leyendo la última novela de Le Carré, El legado de los espías. Le Carré es algo así como un Balzac que escribió su Comedia humana en esos submundos del espionaje. Y de nuevo: la novela te retrotrae a la época de la Guerra Fría. Un mundo que ya no está, pero Le Carré logra levantarlo otra vez, y a medias dentro de este mundo. Es parte de las posibilidades de la literatura. Si el mundo gira al compás de la música de época, no es obligatorio que uno se suba y baile con los demás. Es una decisión. Tomo del mundo contemporáneo lo que me interesa, no todo; y no me preocupa sonar desactualizado. Desde la infancia me sentí fuera de foco. No tenía televisión, mis padres eran comunistas, no les interesaba el fútbol…

Te sentías ajeno. Es un sentimiento muy común entre los escritores.

¡Obvio! Hay una escena que evoca Paul Auster, que cuenta que estaba paseando por la mañana en Nueva York y de golpe se encuentra con un montón de gente de pelo largo que viene caminando de frente, de la misma edad de él. Él se pregunta: “¿Quiénes son estos tipos? ¿Qué están haciendo? ¿Por qué se visten así?” Después supo que volvían del festival de Woodstock. Él no sabía qué era, no tenía ni idea de lo que estaba pasando. Hay muchos mundos en el mundo. Algunos escritores toman el pulso de su tiempo y escriben a partir de eso, pero no excluye la otra posibilidad. La literatura no tiene que encerrarse en los “ismos”. Hay muchas vidas posibles.

En Los crímenes de Alicia, además, aparece otro factor que hoy resulta muy perturbador y es el personaje sobre el cual gira la trama: Lewis Carroll, sobre quien pesan profundas sospechas de pedofilia.

Uno tiene que hacerse algunas preguntas que quizás en otro momento no se hubiera hecho. Cuando Patricia Highsmith escribe desde la mente de un femicida, como en Mar de fondo, seguro no se hizo las preguntas que hoy se haría. Pero así como los agentes secretos tienen licencia para matar, los escritores necesitamos de ciertos permisos artísticos. Si no, quedan muy pocos temas sobre los cuales hablar. El humor sufrió importantes bajas en nuestra época. Pero la literatura, el arte en general, no puede tener esa traba. Como dice L.P. Hartley: “El pasado es un país extranjero”. En la época de Carroll, la relación con los niños y la fotografía de desnudos tenían connotaciones diferentes a las actuales. Aun así, uno puede preguntarse cuál era la verdadera naturaleza de su relación con las niñas, y luego están las evidencias… Todo eso se discute en la novela. Pero no se trata con un ánimo de juzgamientos morales, sino de investigación.

¿La moral importa en la literatura?

Muchas veces la moral interviene sin que los escritores se den cuenta. La manera en que Henry Miller trata el sexo en sus novelas fue disruptiva. Tenía crudeza y desinhibición. Pero esa mirada se convirtió en norma para los escritores posteriores. El sexo sólo podía tratarse así, o se veía solemne, anticuado, pudoroso. Ahí tenemos un elemento moral que se desliza de una época a otra. Cuando escribí Yo también tuve una novia bisexual me preocupé por no trabajar desde ese lugar, que ya es un lugar de comodidad aunque haya nacido de la incomodidad. Quise profundizar sobre las posibilidades del sexo dentro de una pareja. Hay una especie de moralidad de época que en general es advertida cuando alguien escribe contra esa idea dominante.

Si la corrección política amenaza a la literatura, ¿qué rol ocupan las series y el furor por Netflix? ¿Creés que afecta la forma en que narramos o en que leemos?

Vi Mad Men dos veces y sugerí que el guionista debía recibir el Premio Nobel. Pero fue la única. No encontré otras series que mantuvieran esa coherencia capítulo a capítulo. Ni siquiera Breaking bad, que me hartó por la mitad. Al margen de eso, no creo que sea una competencia para la literatura. La literatura es un arte que cuenta con sus armas específicas, que no son tan fácilmente sustituibles. Una de ellas es la posibilidad de la reflexión, de la conciencia, del monólogo y el análisis interior. Hay una sutileza para los detalles psicológicos que no tiene el registro audiovisual. No refleja sólo el mundo material, sino el de las vacilaciones, de las dudas, de todo lo que pensás antes de tomar una decisión. El mundo conjetural que sólo existe en la medida en que lo puedas poner en las reflexiones de los personajes. De todas maneras, la literatura siempre fue un arte minoritario. En una época, el teatro de Shakespeare tenía ese lugar que hoy tienen las series de Netflix. Borges decía que era como la telenovela de la tarde.

¿Te preocupa que el impacto de la imagen se imponga sobre la profundidad del pensamiento?

Me preocupa más el fenómeno que se da en redes sociales, que uno comparte o discute sólo con gente que tiene sus mismos valores. El algoritmo define a quién seguir y a quién no, qué ves y qué se te oculta. Y creo que eso está por debajo del rebrote de fascismo que estamos viviendo, de Bolsonaro, de la idea de que quien no piensa como yo tiene que morir. En las redes sociales el caníbal encuentra a quien quiere ser comido. Todos tienen su club. Eso fortalece sus ideas, por más disparatadas que sean. Los que no quieren vacunar a los hijos, de pronto se encuentran con un montón de gente que piensa igual y que les refuerza sus convicciones. Y para peor, circula información falsa que los alimenta. Ese es el fenómeno más imprevisto desde que aparecieron las redes sociales. Nunca hubiera imaginado que en el mundo había tanto mal disperso. Ahora esa dispersión se agrupa a causa del algoritmo y adquiere mayor fuerza.

No eran minorías, sino mayorías silenciosas.

Además, las redes tienen un elemento extra y es la idea de performance: el malo quiere mostrarse más malo; el cínico, más cínico. Hay una sobreactuación. Se genera un caldo de cultivo que luego encuentra su expresión en la política o en los discursos públicos. Eso empieza a funcionar como pensamiento sociológico. Por supuesto que también hay un costado favorable. Gracias a las redes, en gran parte, se organizó la lucha feminista y por el aborto legal. Dan una cierta herramienta de democracia horizontal.

¿Hay forma de eliminar el costado negativo?

Se van generando anticuerpos. A la proliferación de pseudociencias se le empieza a dar alguna respuesta desde la ciencia. En algún momento los científicos empezaron a ver que la astrología, los cristales, ese tipo de cosas, recibían una atención desmedida desde la gente y desde los medios, pero también desde el Estado. Se les estaban asignando presupuesto a las pseudociencias. En ese sentido, hay posibilidades de reacciones de la sociedad que vayan equilibrando las cosas. Pero para eso hay que preocuparse, pensar y comprometerse. Y no veo que en nuestras sociedades haya un alto nivel de participación de la gente. Cuesta mucho encontrar quien se comprometa. Ni hablar entre los intelectuales. Hay muy pocas Claudia Piñeiro.

¿El escritor debe comprometerse?

Creo que los escritores tenemos una obligación implícita de entrar en los debates públicos, porque si no el debate queda en manos de… esto.

Martínez abre las manos como si entre ellas fuera a nacer un pequeño monstruo. Parece un acto de magia, pero nada se materializa. En cambio aparecen los recuerdos: una infancia entre libros gracias a un padre escritor que le corregía sus primeros cuentos, una mudanza a Buenos Aires, la militancia juvenil en los años ochenta en el Partido Comunista; su paso por el taller literario de Liliana Heker; muchos libros publicados: Infierno grande, Acerca de Roderer, La mujer del maestro, Yo también tuve una novia bisexual… además de los que lo hicieron famoso. También hubo cine. La última experiencia en la pantalla grande, la adaptación de un cuento suyo para la película El hijo, de Sebastián Schindel, protagonizada por Joaquín Furriel, Martina Gusman y la actriz noruega Heidi Toini. Hoy, además de escribir y dar clases de escritura, Guillermo piensa en su hija, en cómo les enseñan matemática a los chicos, en el modo de construir un mundo mejor.

¿Se puede enseñar a escribir?

Se puede enseñar una cantidad de cosas, lo que no se puede enseñar es la imaginación, el mundo, las ideas. Pero si una persona tiene un mundo para contar y está dispuesta a escuchar opiniones y a intentar variantes, entonces funciona.

Una vez dijiste que los chicos no deberían aprender matemática desde los primeros grados.

Los primeros años deberían estar asociados a juegos afines, como puede ser el ajedrez, que enseña concentración y razonamientos abstractos. Que los chicos puedan ir superando niveles y resuelvan problemas tipo algebraicos, pero a partir de juegos. Después, sí: enseñarles el lenguaje matemático, que es muy abstracto. Hay cierto tipo de operaciones matemáticas que los chicos no pueden comprender antes de cumplir los diez años o si no tienen la suficiente cantidad de ejemplos. Es algo que observó muy bien Jean Piaget. Por más que les quieras enseñar, nunca lo van a aprender. Se debe encontrar una manera de hacer más amable la enseñanza en cada etapa de la vida, y aprovechar esos primeros años para que desarrollen otras aptitudes en que la edad temprana es una ventaja: deportes, idiomas y música. Hay que explorar esa ventaja comparativa en lugar de cargarles la mochila de conocimientos de adultos.

¿Y enseñar a leer?

En la adolescencia, los chicos eligen su propia música. Para entonces ya escucharon miles y miles de opciones musicales. En cambio, ¿cuál es la relación de un chico con la lectura? A lo sumo leyeron una novela, un cuento… A veces dicen, espantados: “Este año tenemos que leer dos novelas”. No hay una oportunidad para la literatura si los chicos sólo leen una o dos novelas en la escuela. Debería haber alguna forma de que tengan acceso a distintos libros, una lista de géneros, autores y temas que puedan leer y comentar entre ellos. Les dan el Mío Cid: como no les gusta, no leen más. No puede ser. Es injusto para la literatura, para los miles de mundos que existen en la literatura y de los que quedan excluidos. 

AUTOR: ENZO MAQUEIRA / CORTESÍA: CLARÍN

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