«LA MUERTE DE NÉSTOR LA ESCRIBÍ LLORANDO»

POR FABRIZIO SANGUINETTI / SENDERO ELEGANTE

 

Esa insoportable pasión por pensar la realidad argentina. La crónica es una excusa, un medio. La escritura se disfuma entre la calle y el palacio. Los pasos avanzan sobre la ciudad, como aquél Borges caminando por la calle Florida. El espíritu de ese escritor ciego y enigmático se choca con los codazos apresurados de los locos, los laburantes, los manifestantes. Hacen ruido los pasos de la gente de a pie.

 

Mario Wainfeld, abogado, periodista, columnista político de Página/12 recorre en su nuevo libro algunos de los acontecimientos de la historia reciente en los que el clamor popular marcó la cancha. Nos recibe en su acogedora casa del barrio Palermo rodeado de libros, fotos y con muchas ganas de hablar de su nuevo ejemplar editado por Siglo XXI. 

 

Estallidos argentinos, cuando se desbarata el vago orden en que vivimos son 10 piezas (9 reales, 1 ucronía) del rompecabezas de un país que nunca se terminará de armar. “Miro a otros sistemas, otros países y este es fantástico. Miro la movilización, los sindicatos, las organizaciones sociales y pienso que son los verdaderos garantes de la democracia. A la inversa de lo que dice la derecha”. 

 

“Considero que en la Argentina los contrapesos están ahí. La capacidad de la acción directa en la Argentina es pacífica y divertida. Si ves las movilizaciones en Europa, ves a un grupo de personas con un cartel que dice ‘no más esto, no más esto’. Acá si no arrancás con los Redondos no podés salir a la calle”, arremete Mario.

 

Luego del éxito de Kirchner, el tipo que supo Mario se propuso hacer otro libro diferente. “No quería tomar un compromiso de escribir un libro que estuviera inserto en la campaña electoral. Tenía pensado el libro de un modo distinto al de Kirchner, que era como un hermano menor. Como periodista, la tarea es ser distinto. Lo escribe la misma persona con el mismo bagaje en la misma etapa de su vida”.

 

 

“No quería tomar un compromiso de escribir un libro que estuviera inserto en la campaña electoral. Tenía pensado el libro de un modo distinto”

 

 

“Empecé como periodista cuando mi experiencia como militante cesaba. Desde lo que se podía hacer durante dictadura y tras el retorno de la democracia yo siempre había militado de forma orgánica. Mi militancia pasaba por la escritura. Claro que sabía hablar, pero si me ponían como orador era porque sabía escribir”.

 

 

19 y 20 de diciembre de 2001

“Era crítico y era orgánico”

 

La suya es una historia de la desconexión. Su compromiso nunca le soltó la mano a la crítica y a la reflexión. Quizás por eso no nos sorprende que alguien que está obstinado en comprender al peronismo, lo tenga a Borges tan presente. (“Son incorregibles”, apuntaba Jorge Luis). 

 

“Yo era partidario de romper con el peronismo desde la derrota del 1983. Armar una experiencia desde Capital. Criticaba la falta de coherencia”. Menudo problema. Formar parte de un movimiento y, a la vez, sentirse ajeno a su dirigencia. Pero la vida siempre da nuevas oportunidades. Había que encarar un proyecto diferente, y así fue así fue como Wainfeld se puso a trabajar en la “Renovación Peronista”.

 

Participó en la revista Unidos, dirigida por Carlos “Chacho” Álvarez, publicación de un grupo de militantes que buscaban adecuar el peronismo al nuevo debate que exigía el retorno a la democracia. Conformó la mesa de campaña de Cafiero para gobernador en la Provincia de Buenos Aires y tuvo un fugaz paso por la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires de la mano de Carlos Grosso hasta que, en 1990, los indultos de Menem lo espantaron y renunció formalmente al PJ. Esa tremenda desilusión lo llevó a formar parte en la fundación del Frente Grande, “Éramos un grupo de amigos de barrio que nos juntábamos a jugar a la pelota”. Pero su intranquilidad no se detuvo ahí. “Rápidamente, tuvimos una disputa al interior del Frente Grande con el mismo Chacho. Fue un proceso desgarrador. Éramos peronistas, pero teníamos un espíritu izquierdista, asambleísta. Chacho llegó a diputado y ahí nos volvimos a separar. Algunos volvieron al PJ, otros se fueron con Pino Solanas y yo entré en un proceso de gran desazón, y ahí pensé: en 1 o 2 años me peleé con el peronismo, que es como pelearse con la Argentina misma”.

 

“En 1 o 2 años me peleé con el peronismo, que es como pelearse con la Argentina misma”

 

 

Carlos “Chacho” Álvarez candidato del Frente Grande

 

“¿Con quién más me voy a pelear?”

 

Si bien Wainfeld siguió acompañando la trayectoria meteórica de Chacho Álvarez a lo largo de la década del noventa, su militancia orgánica estaba formalmente terminada.

 

“Yo tenía que hacer algo con mi vocación por la política. Seguía trabajando como abogado, no hacía penal pero hacía civiles, comerciales y laborales. Era un litigante. Y cuando rompí, sentí un vacío en mi vida. Tenía que canalizar mis habilidades en la escritura en otro lado, y me dije: `me voy a volcar al periodismo, tengo que ir al mejor diario en el mundo´, es decir, en la Argentina, y por lo tanto fui a Página/12. Hice una transición breve, pero costosa. En seis o siete años ya me estaba dedicando full time como jefe de política”.

 

“¿Cuál era mi bagaje? Yo conocía de política, conocía a los políticos y escribía bien y rápido. Fue así como Martín Granovsky me apadrina y me fueron formando como editor. Yo conocía a muchos peronistas, éramos pocos los que nos sentíamos parte del movimiento en el diario. Ya que entré a un diario compuesto básicamente por personas de izquierda, más allá de Luis Bruschtein, u otros más ligados a lo que en su momento había sido izquierda peronista como Horacio Verbitsky, Juan Gelman o Miguel Bonasso”. 

 

 

“Estuve en un equipo de campaña, de negociaciones. Como apoderado de listas pequeñas, fui a hablar con jueces federales para negociar lo innegociable”

 

 

“También conocía bastantes militantes de la Coordinadora Radical. Leopoldo Moreau, Jesús Rodríguez, Federico «Freddy» Storani… Conocía a los peronistas de la nueva camada, conocía a José Octavio Bordón antes de que sea de gobernador de Mendoza, iba a su provincia a dar charlas. Pero eso te daba poco. Eso no te da una cartera. Lo que si me da es una noción sobre el asunto político. Jugando activamente en el Nacional B, jugando de 4, tal vez de 8, y de repente empiezo a hablar con los de la Superliga, pero entiendo del juego. Yo soy un tronco jugando al fútbol, pero sé cómo cabecear. Ese me parece que era mi caudal en la política: entender la jerga. Y tener empatía. A mí las internas me gustan, a mí me gusta la rosca. Esa famosa frase de Emilio Monzó a mí me parece formidable. Estuve en un equipo de campaña, de negociaciones. Como apoderado de listas pequeñas, fui a hablar con jueces federales para negociar lo innegociable”. 

 

“Conozco haber ganado, conozco haber perdido. Conozco decirle al candidato ‘hacé esto, hacé lo otro’, como esa frase de Ringo Bonavena, que decía ‘uno tiene un representante o mánager, un masajista que le ablanda el cuerpo, recibe consejos hasta del promotor; pero lo cierto es que cuando suena la campana, te sacan el banquito y te quedás solo’. Yo estuve al lado de Chacho, que era buen candidato, un político formidable. Pero cuando uno como asesor dice un político que no tiene mucha empatía: ‘¡Abrace a la gente!’, porque hay que abrazar a la gente, hay que convencerla. ¿Cómo haces?”.

 

La soledad del decisor

 

En la charla, Mario dice que en la Argentina todo se hace a los pedos, que en los países escandinavos, de donde viene el personaje ficticio de sus notas, el “politólogo sueco”, que analiza la política argentina desde su presunta “objetividad”, quizás las cosas se hacen mejor. Pero más allá de que tengas el mejor asesoramiento, los mejores expertos, los mejores Thinks Tanks; a la hora de llevar a cabo una medida (que, dicho sea de paso, puede afectar la vida a mucha gente) el decisor está sólo.  

 

¿Y qué pasa cuando todo vuela por los aires? De eso trata Estallidos argentinos. A la inversa del título de su otro libro (Kirchner, el tipo de que supo) en este aparecen tipos que no supieron, o al menos, no supieron tanto. A la caída del gobierno de De la Rúa, Wainfeld narra cómo dos peronistas intentaron agarrar la papa caliente: Rodríguez Saá y Duhalde. “Vamos a tomar el toro por las astas. En primer lugar anuncio que el Estado argentino suspenderá el pago de la deuda externa”, sentenció “el Adolfo” ante el Parlamento al comienzo de su breve mandato como presidente. Hoy “el Adolfo” acompaña la reelección de Mauricio Macri, quien vocifera que sus adversarios no son una garantía del pago a los acreedores. Paradojas de la historia.

 

Confiado en las encuentras y en el olfato, herramientas falibles que miden la sensación térmica momentánea, el puntano anota gestos inesperados y rotundos. Recibe a las Madres (tan castigadas en las jornadas del 19 y 20 de diciembre del 2001) y asiste a la CGT. Promete un gobierno de los trabajadores y asegura dejar las obras sociales para los sindicatos. Canta la marcha peronista. Pero a la hora de reunir a su gabinete, “el Adolfo” se desayuna con la triste realidad: un un Estado absolutamente en quiebra. Una semana después, comunica su renuncia desde un canal de cable desde San Luis. Del éxtasis a la locura.

 

Mario señala que en la historia argentina hay carambolas o avatares que hacen imposible establecer una linealidad de los procesos,  pero también, median características estructurales, irreversibles. En enero del 2000, el presidente De la Rúa envió al Congreso un proyecto de reforma laboral, necesaria para la “confianza” de los inversores extranjeros (cualquier similitud con la actualidad es pura coincidencia). Para conseguir su aprobación era necesario el famoso voto de los senadores peronistas. Hugo Moyano denunció la jugada. Circuló una frase: “Para los senadores, tengo la Banelco”.

 

El escándalo conmocionó al gobierno de De la Rúa. Los reclamos de transparencia venían, principalmente, desde su vicepresidente (el antiguo compañero de ruta de Wainfeld) Carlos “Chacho” Álvarez, tensionando aún más la autoridad del entonces presidente. La opinión pública pedía cortar cabezas. Para descomprimir, aunque sea un poco. Los candidatos: Fernando De Santibañes, director de la SIDE y ejecutor de las “jugadas” en el Senado, y Alberto Flamarique, ministro de Trabajo. El decisor decide. Mantiene al jefe de los espías y pasa a Flamarique a la Secretaría de la presidencia. Álvarez asistió a la asunción del secretario, contrariado con su pensamiento. Las cámaras captaron ese gesto de extrañamiento de “Chacho”. Dos días después, presentó su renuncia. 

 

De la Rúa sigue decidiendo. Y decide quedarse cada vez más sólo. De sus votantes, de sus aliados, de su partido, de su pueblo… de espaldas a su propia historia.

 

El traidor y el héroe

 

¿Néstor sí, Duhalde no?

 

“Pienso que el registro que hice sobre Duhalde está muy sobre determinado por lo de Darío y Maxi”. Wainfeld recuerda una frase del periodista Martín Rodríguez, quien asevera que Duhalde fue un presidente de maestranza, que resolvió un par de problemas bien, dentro de lo posible, como el programa ‘Jefas y Jefes de Hogar’. “Ahora hay otra cosa —que se puso de moda últimamente— que es valerse de Duhalde para negar lo que hizo Néstor”. 

 

El 26 de junio de 2002, una movilización conducida por organizaciones piqueteras y movimientos de desocupados se dirigía al Puente Pueyrredón y quedó cara a cara con un imponente grupo de la policía bonaerense. El saldo mortal de la represión: el asesinato de Darío Santillán, de 21 años, y Maximiliano Kosteki, de 22 años.  

 

Wainfeld estaba en la redacción ese día. Cuando su colega Laura Vales volvió de cubrir la protesta sentenció: “Fue una cacería atroz”. Mario celebra ese gesto. Su diario estuvo a la altura de la historia. Página/12 tituló en su tapa “Con Duhalde, también”. Clarín, por su parte, eligió otro camino: “La crisis causó dos nuevas muertes”.

 

Para el cronista, Duhalde generó las condiciones de posibilidad para que la Bonaerense actuase con desenfreno. “Es su responsabilidad y su culpa”, asevera en el libro. Quizás el engaño estuvo en su devoción por las encuestas. Antes le habían indicado que “la gente” estaba cansada de los cortes de ruta. Cuando corrió sangre, el repudio se extendió. El 2 de julio de 2002, en un breve discurso televisivo, Duhalde adelantó las elecciones.

 

Enemigo interno. Conspiración. “Fue una cacería”. Wainfeld conecta estas muertes atroces con otra encabezada por el gobierno actual. Librando dos batallas de una guerra que nunca existió. Como Don Quijote avanzando con su lanza sobre los molinos, en esta caza también había —aparentemente— lanzas (como aclaró la ininteligible vicepresidenta Michetti). La sociedad civil se estremeció y pidió justicia por Santiago Maldonado, hasta que se dio a conocer su cadáver. Aunque hubo tremenda asimetría respecto al caso de Rafael Nahuel. Es la diferencia entre blancos y mapuches, reflexiona Wainfeld.

 

 

Movilización por Santiago Maldonado

 

Miradas… ¿objetivas?

 

“Duhalde no hubiera defendido el tema de la deuda con el vigor de Néstor. También tengo entendido que la agenda de los derechos humanos no hubiera avanzado con el ímpetu que encaró Kirchner. Es muy difícil defender el punto de vista de uno. Yo tuve una relación privilegiada con Néstor, estuve entre los 5 o 10 periodistas que más trataron con él. Fue el presidente con el que más hablé, por lejos”.

 

Mario se encuentra en una posición compleja. Es abogado y periodista. Ambas profesiones se presentan ante la sociedad bajo un presunto manto de objetividad, aunque sabemos que tal cosa no existe.

 

Y se decepcionó con el derecho, tuvo un desencanto similar que tuvo con el peronismo. “Las demoras, los chantajes a mis clientes, recuerda. ‘Arregle rápido porque sino este juez de cámara se va a ocupar de que sea lento’. Hacían esperar a las 8 de la mañana a personas que vivían en el Conurbano. La dualidad de los criterios, cómo se acomoda la jurisprudencia a tiempos políticos; pésimo funcionamiento del sistema”.

 

Fue entonces que el periodismo lo volvió a encauzar. La vida le dio un espacio en un diario en el que creía y donde podía aportar desde su lugar ¿Y qué te cuento con la llegada de Kirchner? “Cada vez que pasa el tiempo, me parece que su gobierno fue cada vez mejor”. El decisionista. El tipo que supo. Cuando el juez español Baltasar Garzón pidió la extradición de 46 represores argentinos, Kirchner y su jefe de gabinete, Alberto Fernández, estaban volando de Washington a Buenos Aires, luego de reunirse con George W. Bush. Néstor aspiraba a tener más tiempo para encarar los juicios de Memoria, Verdad y Justicia, antes se había propuesto recuperar la flaca legitimidad de una Argentina destrozada. Pero Garzón les ganó de mano. Kirchner, abogado, aunque sin espesor jurídico; Fernández, también abogado, aunque académico y puntilloso en el oficio. “Si fracasamos con el perdón, si fracasamos con los juicios, vayamos con la Justicia”, sentenció el presidente santacruceño. En ese entonces, sobraban argumentos y fortalezas en contra. Las normas, la historia de la legislación, los indultos, la postura de la Corte Suprema. Era necesario sancionar una ley que lo permita. Kirchner le propuso sancionar una normativa propuesta por Patricia Walsh —hasta el momento cajoneada—. La astucia y el cálculo, diría Beatriz Sarlo.

 

“Tanto en mi otro libro como en este, me volví a hacer la misma pregunta: ¿cuál es el lugar del periodista? Me acuerdo cuando se estaba por votar la `Ley Blumberg´, en el año 2004, que gravaba la pena para los delitos cometidos con armas de fuego. Néstor estaba muy preocupado con el tema porque tenía una cierta paranoia persecutoria. Entonces, me acerqué al Congreso, hablé con los legisladores y les dije que no estaba de acuerdo con la ley. Y me preguntaron ‘¿querés que nos derroquen?´ Teniendo en cuenta la enorme movilización popular que había causado el caso Blumberg. Y yo les respondí: ´No, pero yo no soy diputado, soy periodista. Expreso mi subjetividad´. 

 

“Están los periodistas que dicen que son neutrales —que no lo son— y otros que decimos que no somos neutrales. Todos tenemos nuestro corazoncito. Cuando Néstor murió yo puse en duda que si tenía que escribir que lo lloraba a la hora de escribir la crónica ¿Cómo decirlo? A Néstor lo conocí, lo lloré, y cuando murió, decidí escribirlo”. 

 

 

“¿Cómo decirlo? A Néstor lo conocí, lo lloré, y cuando murió, decidí escribirlo”

 

 

La honestidad intelectual choca con el interés y con los tiempos políticos. Wainfeld desmenuza la complicidad del Poder Judicial con los medios de comunicación (amén de aquellas instituciones que deberían ser “imparciales”). El 14 de noviembre de 2009, un matrimonio, junto con sus dos hijas menores de edad (“Los Pomar”), partió en un viaje de José Mármol hasta Pergamino. El vehículo que transportaba a la familia permaneció desaparecido aproximadamente un mes. Los medios eyectaron un cúmulo de hipótesis explicativas: “Pomar era químico, habría tenido contacto con los distribuidores de drogas”, “Habría indicios de su conexión con el cartel de Sinaloa”“No se descarta un ajuste de cuentas”. El responsable de llevar a cabo de la investigación: el secretario de seguridad bonaerense Carlos Stornelli (Sí, el mismo que está llevando a cabo la causa de “los cuadernos”) pareció no estar a la altura de las circunstancias. El 9 de diciembre, un policía dedicado a realizar otra actividad detecta un Duna rojo volcado y destrozado a cincuenta metros de la ruta 7. No debía ser difícil encontrar un auto rojo en la pampa húmeda de la Provincia de Buenos, que se caracteriza por tener un suelo verde. Pareció serlo para Stornelli… cada uno con sus tiempos. 

 

 

Traspaso de la presidencia de Eduardo Duhalde a Néstor Kirchner 

 

El termómetro de la democracia

 

Wainfeld tiene un encono con las ciencias sociales. Las cita, recurre a ellas, pero las discute. Invierte la máxima de Max Weber. Las fuerzas de seguridad son el monopolio (i)legítimo de la violencia. En mayo del 2017, tres de cinco personajes que, si bien trabajan juntos nunca se ven, ni se tratan y sólo cruzan sus caras en oficina vieja y oscura arrumbada en un edificio ubicado en Talcahuano al 550 tomaron una decisión atroz. Los magistrados declararon aplicable la ley 24.390 (conocida como 2 x 1), apelando a un enmarañado recurso jurídico, de esos que para quienes no somos abogados nos cuesta entender. Lo serio, lo grave: el fallo acortaba la pena de los genocidas de lesa humanidad. 

 

La revulsión que generó el hecho de semejante magnitud disparó una ola de repudio generalizado. Manifestaciones en la calle, las universidades, en las canchas de fútbol… Con una velocidad inaudita, el Ejecutivo se percató enviando una ley que anulara el dictamen de la Corte. El sueño del pibe de la movilización popular.

 

En junio de 2004 a expensas de la complicidad judicial es asesinado Martín el Oso Cisneros, militante popular, querido por el barrio y en la mira de “Colchones” Suarez, el narco de la zona. “Pedro Rosemblat, que es un pibe inteligentísimo y que sabe muchísimo de política, me comentaba que coreaba en las marchas `Oso Cisneros´ sin siquiera saber quién era”. Me puse a investigar sobre la toma de la comisaría”. Ante la indiferencia de las fuerzas de seguridad, el barrio se rebela, los referentes “Lito” Borello y Luis D´Elía encabezan una toma a la comisaría. Una jueza de instrucción decide desalojar el establecimiento. El costo de que corra sangre era altísimo. El ministro de Justicia de aquel momento, Gustavo Béliz, siguió la indicación del presidente Kirchner de “no reprimir”. Esperan, negocian, resuelven el conflicto sin causar ni un rasguño. Quince años después D’Elía es encarcelado por esa causa. Las diferencias de Wainfeld con D’Elía son infinitas, pero le llama la atención cómo los tiempos políticos sacan a la luz viejas causas… Cada uno con sus tiempos.

 

“La actuación de Gustavo Béliz es super interesante. Kirchner pensaba que era una especie de complot, Néstor manejaba esa hipótesis. Béliz siguió la orden de contener a la policía. Todo lo que hace está muy bien. Aunque tiempo después cambió su accionar y ordenó reprimir un grupo de manifestantes en las puertas de la Legislatura, y ahí Kirchner lo echó. Béliz pagó un costo muy caro e injusto, se fue del país a trabajar a un organismo internacional. Desde entonces, dejó de hacer de política”. Desplazado de su cargo, Béliz dio a conocer públicamente la figura del enigmático espía Antonio Stiuso, mostrando una fotografía suya en el programa Hora Clave de Mariano Grondona. El costo de la Argentina subterránea. 

 

“En la etapa macrista se acentuó la idea de que la movilización popular no tiene efecto ¿Cómo puede ser que no hayan frenado todo el ajuste que hicieron? Es lógico, el Estado tiene muchas herramientas. Si uno piensa en las protestas con las tarifas o por el presupuesto universitario, podría haber sido peor. En el caso de la reforma previsional pagaron un costo enorme. Ahora, ¿la movilización suple al Estado? No. Hay dramas, hay negociación, sobre todo para un progresismo, a mi entender, un poco idealista que considera que se puede hacer mucho más. Para mí siempre es mucho más lo que se consigue manifestándose”.

 

Quizás por ello en su capítulo ucrónico apela a un sentido de humor para sostener esta tesis. “Cuando Kirchner aplicó la doctrina Irurzun”. Un caso ficticio de un Néstor muy popular que gracias a sus medidas económicas y sociales pero que decide ir por más. Presiona a jueces amigos para que —apelando discrecionalmente a la prisión preventiva— encarcelen a los expresidentes Menem, De la Rúa y Duhalde. La movilización popular pone manos en la masa. No ampliaremos más. Spoiler alert.

La lotería de Babilonia

 

Al conversar con Mario vemos a una persona honesta, sincera, humilde pero incisiva en sus reflexiones y opiniones. “Nunca fui un jurista, nunca fui un estudioso. De lo que más sé es de derecho laboral. Lo que más tuve que aprender como periodista fue sobre el derecho penal. Tuve que aprender sobre los golpes, lo que en derecho que llama `derecho a rogación´, te llega el caso y vos te lo pones a estudiar. Llega la causa de la venta de armas a Ecuador y a Yugoslavia y vos te pones a estudiar rápido. Entonces me convertí en un divulgador del derecho. Y ahí redoblé algo que ya tenía como abogado, que era la jerga y que vos das por hecho que muchas cosas con verosímiles y que no lo son, y no lo podés explicar en la mesa de tu familia. Yo tengo una familia grande, cinco hijos, todos profesionales universitarios ¡Y hay cosas que no les entran en la cabeza! Mi compañera es socióloga, trabajó en el Estado, está muy preparada y no le entra. Yo tengo que divulgarlo, ver cuáles son los roces con el sentido común”. 

 

La movilización popular condiciona a los factores de poder. El periodismo opera como un medio, dependiendo de sus intereses. Wainfeld recuerda una frase del jurista y diplomático Héctor Tizón: “Un juicio es una discusión entre dos opiniones, que la zanja otra opinión, que es la del juez”. El derecho tiene reglas, no es una pura arbitrariedad. Hay márgenes que son difusos, son complejos. Pero Mario es un poco escéptico y cree que, en muchos casos, la última palabra la tiene la opinión pública.

 

Esas formaban parte de sus discusiones con Esteban “Bebé” Righi, abogado penalista y Procurador General de la Nación, desde el 2004 hasta el 2012. “Él era un gran jurista, él creía en el derecho, yo no. Hablamos de la familia, de River, de todo, y nuestra discusión era `esto se va a resolver como quiera Clarín o la opinión pública´. Y él explicaba que técnicamente no era así. Yo honraba su fé en el derecho. Él creía en el derecho, yo era un poco más escéptico”.

 

Para Mario, el derecho es fascinante. Es una máquina de razonamiento, como el ajedrez. Y recuerda un dicho de Borges que incurre sobre azar y determinismo. Dice que si uno mueve un cierto objetivo de un lado al otro, los deterministas dirán que todo el orden ecuménico, que todo el cosmos, accionó para que eso sucediese. Y que si ese objeto no se moviera, también. Su tesis es que los condicionantes duros de la historia priman sobre el azar. “Es super aventurado pero en realidad lo uso casi como metáfora”, comenta.

 

“El derecho es fascinante. Es una máquina de razonamiento, como el ajedrez”

 

Pero el caso del asesinato de Carlos Soria arranca al revés. La muerte del flamante gobernador de la provincia de Río Negro cambia el rumbo de la provincia. Las paradojas de la historia argentina se vuelven a poner en marcha en las páginas de Estallidos. Soria, ex director de la SIDE durante el gobierno de Duhalde —y vinculado también, de alguna medida, de en los asesinatos de Kosteki y Santillán— irrumpe en una versión shakesperiana. Tras 28 de años de hegemonía radical, Soria es el primer gobernador de peronista. Luego de su muerte el peronismo nunca volvió a gobernar la provincia. En la última elección, su hijo, Martín, quiso competir contra Weretilneck, vice de su padre difunto, y con un origen partidario en el Frente Grande ¿Habrá jugado a la pelota con Mario?

 

Para Wainfeld, priman más los determinantes sobre el azar. Pero siempre flota una cuota de fortuna en el aire. Quizás por esas casualidades de la vida fue que “Bebe” Righi conoció a Néstor Kirchner a través del adjunto de su cátedra de derecho penal de la UBA, Alberto Fernández. De ese núcleo primitivo formado allá por 1998, que se dio a conocer como el “Grupo Calafate”, es que vuelve a emerger en la historia Alberto, un personaje que hasta hace poco estaba en los márgenes de la política. “Alberto tiene capacidad de gobierno y una historia en común con los Kirchner. La decisión de Cristina de no ser candidata es rara, única. De lo que estoy seguro es de que ella no quiere ser presidenta. Jugada formidable, sentido político impresionante”. Y disipa el casting llevado a cabo por “La Jefa”: “Alberto no es una figura muy distante de Felipe Solá o Agustín Rossi. Sólo que fue lo que José Natanson señaló haciendo una analogía con el cuento ‘La carta robada’ de Poe. Él estaba delante de todos nosotros, pero nadie lo vio. Jugada extraña que lo catapulta e instala a una figura, que no es particularmente carismática. Cristina pretende resolver la sucesión de su carisma en vida”.

 

Restará ver qué destino azaroso le espera a la Argentina. Esperemos poder encontrarlo en el próximo libro de Mario Wainfeld.

 

POR FABRIZIO SANGUINETTI / SENDERO ELEGANTE

PRODUCCIÓN AUDIOVISUAL: LUCAS BAYLEY / SENDERO ELEGANTE

 

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